Concurso de cuentos retrofuturistas 2017– 3er Puesto – Memorias perdidas por Liliana Celeste

Me despertó el llanto de un niño. Me levanté de la cama, las sienes me latían, estaba mareada. Tomé al niño en mis brazos para calmarlo, sonrió y balbuceó unas palabras… reconocí a Zander, mi hijo… pero el resto de recuerdos eran confusos.

 

Estaba en una habitación con paredes blancas. Había una puerta de madera, intenté abrirla pero estaba cerrada por fuera. La única ventana se ubicaba a la altura del techo y era alargada, bajo ésta había una mesa con varios objetos, los hice a un lado, me subí a la mesa para alcanzar la ventana y atisbar el exterior: Sólo divisé un vasto desierto.

 

Examiné la casa: Un sillón de madera tallado y deteriorado terciopelo rojo vino contrastaba con la sencillez de los otros muebles de madera rústica. El mobiliario constaba de una estufa, un estante con trastes de cocina, una mesa, dos sillas, una palangana, una cama grande, la cuna en donde Zander jugaba con un muñeco de trapo, una cómoda y un baúl. Los recuerdos se aclararon… era el lugar donde vivía con mi esposo y nuestro hijo.

 

Pero… ¿Por qué la puerta estaba cerrada por fuera y mi esposo me mantenía encerrada?. Sabía que no era abusivo, éramos felices en la medida que podíamos serlo en éste mundo devastado. ¡Ah, mis lagunas mentales!… la última vez que salí me perdí, Thomas y Charles me encontraron vagando cerca del basural tóxico.

 

Ordené los objetos que hice a un lado para encararme sobre la mesa y atisbar por la ventana: Una geoda, un cuarzo cristal y un trozo de pizarra… recordé que Thomas me los regaló, procedían de la mina de carbón donde trabajaba. Oscurecía, Thomas regresaría pronto.

 

Encendí el lamparín y la estufa para cocinar. Los mineros recibían cada quince días una cantidad de avena y carne seca, ingredientes con los que preparaba una especie de potaje. Las provisiones escaseaban en todo el país, deberíamos considerarnos afortunados por tener que comer.

 

Thomas llegó. Dejó su casco de bronce con extraños engranajes y visera de mica sobre la mesa, tenía el cabello rapado y una cicatriz que le partía el labio inferior hasta el mentón… me besó. Se quitó el uniforme y se acercó a la palangana para asearse. Su brazo derecho era mecánico, un artilugio que lo hacía más fuerte y hábil para el trabajo en la mina… y en el lado izquierdo de su torso, debajo del pectoral, tenía un implante metálico con tres viales llenos de un líquido verde.  

 

No me acostumbraba a verlo con ésas modificaciones. Recordé como era antes: Tenía el cabello rubio y sus ojos eran azules cómo lo era el cielo antes de la catástrofe… ahora el cielo y su mirada tenían un color gris. Después de casarnos me llevó a una villa al sur de la ciudad, pasábamos las tardes paseando en los campos de lavanda y haciendo planes para el futuro. Thomas pensaba invertir su herencia en acciones del ferrocarril… entonces estalló la guerra… una mañana vimos los dirigibles del país invasor cruzando el cielo, al mediodía el horizonte se pintó como si cayera la tarde y supimos que la ciudad había sido bombardeada…

 

– ¿Estás bien, Susanne? – Me preguntó Thomas volviéndome a la realidad – ¿Me sirves la cena?

 

Cenamos en silencio. Hice dormir a Zander y nos fuimos a la cama. Thomas no tardó en quedarse dormido pero yo no podía conciliar el sueño, el contacto con su brazo mecánico me incomodaba. Me levanté y abrí el baúl donde guardaba los tesoros que había podido llevar conmigo: Un libro de poemas regalo de mi padre… él, mi madre y mi hermano fallecieron durante el bombardeo. Un cofre de madera con adornos de nácar y un collar de oro con diamantes herencia de mi abuela… una joya que actualmente no tenía valor, en la mina abundaban los diamantes pero el carbón, necesario para el funcionamiento de las máquinas, era más valioso.

 

Tenía un diario que me ayudaba a conservar mis recuerdos. Entre sus páginas encontré unas hojas secas de lavanda, reliquias de aquellos hermosos campos perfumados y nuestra felicidad perdida. Después del bombardeo a la ciudad llegó hasta la campiña una niebla negra y tóxica que esparció oscuridad y muerte… las cosechas y el agua se contaminaron, las personas y los animales enfermaron, muchos murieron por los problemas respiratorios causados por ésa niebla saturada de azufre y otros gases venenosos.

 

Decían que los soldados enemigos no eran humanos como nosotros, que tenían brazos mecánicos y poseían armas que podían incinerar o congelar a las personas. Bombardeaban una ciudad tras otra, luego la niebla negra y tóxica se extendía por los campos. Los que sobrevivimos al invierno negro tomamos las pertenencias que podíamos cargar y nos dirigimos al sur buscando un lugar habitable pero todo era desolación. Nos convertimos en parias de la guerra, una caravana de fantasmas que vagaba en los campos contaminados y entre las ruinas de las ciudades destruidas sobreviviendo de despojos.

 

Una vez el hambre hizo que comiéramos los frutos ennegrecidos de un árbol que encontramos, los que se saciaron murieron días después vomitando y defecando sangre. Del grupo quedamos cinco personas, estábamos enfermos y famélicos pero seguimos caminando hacia el sur… entonces un día la esperanza se nos presentó bajo la imagen de un campo de trigo con un pozo subterráneo. Nos instalamos en el granero, sobrevivíamos comiendo espigas escuetas y roedores. Pero aquella tranquilidad no nos duró mucho.

 

Una noche fuimos asaltados por una horda de forajidos armados. Nos desalojaron y despojaron de las pocas pertenencias que teníamos y luego quisieron ultrajar a las mujeres. Thomas, Charles y Williams lucharon para defendernos. Williams fue el primero en caer por un disparo que le impactó en el pecho. Charles recibió un balazo en la pierna, luego el hombre que le disparó lo golpeó en la nuca con la culata de su pistola mientras sus dos compinches arrastraron a Candice dentro del granero.

 

Thomas luchaba con tres facinerosos. Uno le hizo un corte en el rostro, él logró quitarle la daga y se la clavó en el estómago… pero otro le encajó un tiro con una pistola modificada destrozándole el brazo derecho y el tercero lo tumbó de una patada en el pecho. Estando en el suelo lo golpearon brutalmente, lo creí muerto y corrí… el hombre que mató a Williams me alcanzó y en el forcejeo recibí el golpe en la cabeza del que no he podido recuperarme. Un instante antes de perder el conocimiento vi una llamarada.

 

Cuando desperté me sorprendí al encontrarme ilesa, exceptuando el golpe recibido en la cabeza. Me encontraba en una carpa médica… mi corazón dio un vuelco de alegría cuando vi a Thomas descansando en otra camilla. Charles y Candice también estaban vivos. Nos encontrábamos en un campamento militar, habíamos sido salvados por una patrulla del enemigo.

 

Fue la primera vez que vi frente a frente a aquellos soldados que tenían modificaciones mecánicas que los convertían en máquinas de guerra. Uno de ellos tenía un brazo mecánico lanzallamas con un depósito de combustible adosado a su espalda, se presentó como el jefe de la patrulla que nos rescató y me entregó nuestras pertenencias recuperadas. Nos llevaron a un campamento refugio para civiles en donde nos recuperamos, aunque Thomas quedó con el brazo inutilizado.

 

Un mes después nuestro Primer Ministro capituló entregando el mando al Emperador Berenssen, éste nombró a cargo al General Falconner quien implantó el gobierno militar. Entonces supimos el motivo de la invasión: Tomar posesión de nuestras minas.

 

No sabíamos cuál sería nuestro destino. El Teniente a cargo del campamento refugio nos informó que a Thomas y Charles les harían las modificaciones mecánicas necesarias para que trabajaran en las minas de carbón, nosotras los acompañaríamos. Si nos negábamos nos fusilarían porque en el nuevo régimen no había lugar para civiles improductivos.

 

Ellos aceptaron, al igual que muchos civiles en la misma situación. Después de las operaciones y que ellos pasaron el periodo de adaptación, nos enviaron al campamento minero. Hicimos el viaje en un ferrocarril custodiado por soldados. Cuando llegamos nos designaron una casa por familia, estaban separadas cincuenta yardas una de otra. Nos dijeron que una diligencia pasaría todas las mañanas para recoger a los mineros y los regresarían al anochecer. Nos extrañó la poca vigilancia que dejaron hasta que supimos que el campamento estaba rodeado de un basural tóxico formado por los desechos, intentar cruzarlo sin los equipos de protección era suicidarse.

 

Nos adaptamos a ésa nueva vida, luego nació nuestro hijo. Thomas hizo lo único que podía hacer bajo aquellas circunstancias… volví a nuestra cama, acaricié su brazo mecánico y me quedé dormida recostada sobre su pecho.

 

Nos despertó un ligero temblor, era el tercero de la semana. Desayunamos, la diligencia recogió a Thomas. Pasé el día remendando ropa. Cuando Thomas regresó me dijo que los mineros estaban preocupados porque nunca antes hubo temblores en la zona. Nos acostamos… a medianoche nos despertó un temblor tan fuerte que nos hizo dejar nuestras casas y reunirnos en la explanada. Siguieron dos réplicas. Un anciano que trabajaba en la mina desde antes de la guerra empezó a desvariar diciendo que habían cavado demasiado y perturbado a los habitantes de lo profundo.

 

– Dices tonterías, anciano – dijo Charles.

– No conoces la mina como yo – respondió el viejo – trabajo aquí desde que era joven, siempre los escuchaba murmurando hasta que el ruido de los picos y las explosiones me dejaron sordo… pero después que me hicieron las mejoras mecánicas volví a escucharlos… están allí, escarbando en la oscuridad y vienen por nosotros.

 

Los mineros rieron y Thomas nos mandó a dormir.

 

En la mañana la diligencia pasó por Thomas. En la tarde recibí una visita: El Teniente Ralph, el hombre del brazo lanzallamas que ahora era nuestro amigo. Nos conseguía té, un artículo de lujo, a cambio de las geodas que le gustaba coleccionar.

 

Estaba comentándole de los temblores cuando un estruendo sordo nos hizo salir de la casa… a cincuenta yardas a la derecha, en el lugar donde estaba la casa de Charles y Candice, se alzaba una polvareda. Ralph fue a investigar… cuando regresó me dijo que sólo encontró un profundo agujero, la casa y mi amiga habían sido tragadas.

 

Escuchamos tremores subterráneos, un estruendo y vimos otra polvareda alzándose a cien yardas a la izquierda… la zona no era segura. Cargué a Zander… Ralph nos hizo subir a su vehículo, un arenero que funcionaba a vapor, y nos dirigimos a la mina. Los estruendos se sucedían uno a otro haciéndose más fuertes… cuando cesaron Ralph detuvo la marcha y con sus binoculares vimos una enorme grieta que se había tragado las casas.

 

Reanudamos el camino a la mina y nos encontramos con sus compañeros de patrulla: Un soldado cuyo brazo tenía implantado un rifle semiautomático, otro al que llamaban el hombre bomba y dos más que tenían otras modificaciones.

 

El escenario que encontramos era espantoso: Un enorme hoyo ocupaba el lugar de la mina… los mineros que consiguieron salir a tiempo miraban consternados la destrucción. No vi a Thomas y me desesperé. El anciano minero nos dijo que lo había visto en el nivel tres y luego escuchó a los habitantes de lo profundo murmurando sus letanías.

 

Ralph dijo que buscaría a Thomas. Ubicó su vehículo multifuncional al borde del hoyo, aseguró un cable a su arnés y empezó a descender. Después de un tiempo de angustiosa espera regresó remolcando a un hombre herido… pero no era Thomas. Ralph se preparaba para volver a bajar cuando escuchamos otro estruendo y entre la polvareda apareció Thomas arrastrándose con su brazo mecánico destruido… corrí a su encuentro.

 

Ralph telegrafió a su base militar informando lo sucedido en la mina y solicitando una furgoneta para transportar a los heridos. Cayó la noche… escuchamos un murmullo que provenía del hoyo, verdaderamente parecía que seres sobrenaturales entonaban una letanía. El miedo apareció en todos los rostros… ya no nos reíamos de las supersticiones del anciano.

 

Estaba sentada en el suelo con Zander envuelto en una manta y sosteniendo la cabeza de Thomas sobre mi regazo. Charles se acercó, no tuve que decirle nada, él sabía que Candice había muerto y apoyó su cabeza en mi hombro para llorar.

 

Escuchamos un ruido, como si algo gigantesco se arrastrara en las profundidades… entonces del hoyo surgió un bicho enorme semejante a un escarabajo. Ralph actuó de inmediato, el bicho lanzó un chillido horrible cuando las llamas lo envolvieron… surgió otro bicho, Ralph lo incineró… también a un tercero… pero el hoyo no dejaba de escupir escarabajos gigantes… el combustible se le acabó. Sus compañeros entraron en acción matando al resto de bichos mientras los demás nos alejábamos tanto como podíamos llevando a los heridos y esquivando las grietas que se abrían.

 

Charles ayudaba a Thomas, dijeron que me adelantara con Zander… los perdí de vista. Luego vi a Thomas acercándose cojeando y a Charles arrojándose contra un escarabajo… aparté la mirada.

 

Ralph y su patrulla se reunieron con nosotros. Era el momento más oscuro de la madrugada y todos estábamos extenuados. Zander lloraba desconsoladamente, Ralph me dio una tableta de chocolate para calmarlo.

 

Entonces volvieron los tremores subterráneos. Los bichos eliminados eran la primera oleada… ahora algo más grande y terrible se acercaba. Los soldados no tenían municiones. Ralph deliberó con su patrulla, el hombre bomba aseguró el cable a su arnés y descendió por el hoyo mientras los demás nos alejábamos del lugar. El estallido nos ensordeció y guardamos silencio por el héroe que se había inmolado… cuando amaneció aún se divisaba la humareda de la explosión.

 

Llegó la furgoneta, nos transportaron a la estación de ferrocarril y luego a una base militar. Lo sucedido en la mina de carbón no fue el único incidente… reportes de otras minas informaron de temblores, hoyos y bichos gigantescos. El anciano minero tenía razón: Cavaron demasiado.

 

Thomas se unió a la milicia y le implantaron otro brazo mecánico equipado para luchar. Mañana Zander y yo abordaremos un vapor que nos llevará al reino de Fransgard donde la hermana de Ralph ha ofrecido recibirnos. En su carta dice que vive en una casa solariega con bellos jardines y podré olvidarme de los horrores vividos… pero no estaré tranquila hasta que la guerra contra los bichos gigantes termine y vea a Thomas y Ralph regresando a salvo.

 

Mis lagunas mentales son más frecuentes pero no se lo he dicho a Thomas para no preocuparlo… escribo todas las noches y leo lo escrito todas las mañanas… espero que cuando ésta pesadilla acabe y él regrese a mi lado yo aún lo recuerde.

 

Estoy sentada en la mecedora del jardín, un niño de cuatro años juega a mi lado. Veo acercarse a dos hombres, uno tiene un brazo mecánico que parece un lanzallamas… el otro tiene un brazo mecánico que parece una bazuca… tiene ojos azules… me abraza… no sé quien es.

Concurso de cuentos retrofuturistas 2017– 2do Puesto – El proyecto de química por Carlos Echevarría

Hoy es el día más importante de mi vida. El resultado que obtenga en el examen de la Escuela de Invención Científica de Londres determinará si trabajaré junto a los más renombrados inventores del mundo o si volveré a mi país. El examen de Química, que empezará a continuación, es el último y el más complicado, solo estamos esperando que llegue el profesor Flynn.

    Todo empezó hacía un año, en la madrugada de un viernes de noviembre de 1844, cuando la aeronave llegó en una noche nublada. Recuerdo con claridad cuando vi aquella chimenea de vapor y las hélices moviéndose incesantes sobre la cubierta, el acero apareciendo entre las nubes, y aquel suave tintinar metálico que hizo que todos saliéramos de nuestras casas. Sin duda, aquella aeronave provenía de Londres, el único lugar en el mundo donde se fabrican aquellas majestuosas máquinas voladoras.

La vapocarroza del mensajero Hill recorrió las ciudades cercanas durante un mes, dejando una estela de humo a su paso, como uno de aquellos antiguos ferrocarriles. Recibí la carta de la Escuela de Invención Científica, escrita a mano del mismo director, donde me informaban que mi solicitud había sido aprobada.

En enero de 1845, todos los alumnos que irían a la Escuela fueron a las capitales de sus respectivos países y la aeronave surcó el cielo de Europa, recogiendo uno a uno para llevarlos a Londres. Llegué a la ciudad una tarde helada, todos mis compañeros salieron a la cubierta cuando un pitido anunció que nos acercábamos a la capital del Imperio más importante del mundo. Por varios minutos, al frente solo distinguíamos nubes, una niebla lóbrega abrazaba la aeronave como si fuera a arrastrarla al vacío. Pronto distinguimos el mar y otros vehículos que sobrevolaban a nuestro alrededor: un globo de vapor, un aerocrucero y otra aeronave se acercaban a sus puertos, como nosotros. Conforme nos acercábamos pude distinguir apenas la ciudad, ya que una manta de humo grisáceo cubría los tejados. Un estruendo nos sobresaltó cuando la aeronave ancló en un puerto, y pude distinguir el agua del mar, teñida de una tinta oscura que emanaba un olor nauseabundo.

En el puerto quede sorprendido al ver un astillero donde estaban construyendo una aeronave, unos gigantescos pistones subían y bajaban sin parar, mientras ruidos mecánicos, ensordecedores y frenéticos, llenaban el ambiente de intranquilidad. Luego, el profesor Wadlow nos llevó hacia unas vapocarrozas y atravesamos la ciudad para llegar al internado de la Escuela, sin perder de vista ningún detalle de aquella urbe llena de edificios apiñados con ventanas y chimeneas que emanaban humo de manera casi perpetua, haciendo que se sienta una atmósfera densa y opaca, como si estuviera cubierto de sombras.

Después de cruzar un canal negro llegamos a la Escuela de Invenciones Científicas, más lo que más me sorprendió no fue la antigua arquitectura del centro educativo, sino las decenas de personas amontonadas en las rejas. Estaban con carteles y antorchas temerarias, gritando hacia el edificio frases ininteligibles desde donde estábamos, pero cargadas de un odio visceral. Cuando nos acercamos, unos guardias armaron un cordón de seguridad, para hacernos paso entre la agitada multitud. Uno de ellos nos reconoció y su voz se elevó sobre el resto: «¡ahí van los servidores de la burguesía capitalista!» espetó con furia, desde las entrañas, y la multitud se aglutinó contra los guardias, que detenían a las personas mientras avanzaban nuestras vapocarrozas. «¡Muerte a los inventores!» «¡Abajo las máquinas esclavizantes!» Gritaban mientras entrábamos y se cerraban las rejas. Mis compañeros y yo estábamos aterrados, más el profesor Wadlow se mantenía inmutable, era como si hubiera pasado en medio de un acto insignificante, y que los gritos e insultos solo hubiera sido tenues murmullos.

Las clases empezaron dos días después, nuestro salón estaba ubicado en el cuarto piso y tenía una ventana desde la que se podía observar el frontis de la escuela, a unos cuarenta metros metros. Antes de que llegue el director, a darnos las palabras de bienvenida, mis compañeros y yo nos apiñamos contra el alfeizar de la ventana para observar la protesta que continuaba en el exterior; al parecer, más personas estaban protestando, vestidos con overoles, algunos con palas y otros con carteles. «Muerte al capitalismo», «abajo la burguesía», «queremos trabajar»; eran algunas frases que se alcanzaban a distinguir.

Nos apresuramos a nuestras carpetas cuando el director llegó al aula y este dio unas palabras de bienvenida, en las que mencionó la importancia de la Escuela de Invenciones Científicas, ya que solo algunos, los que obtengamos mejores calificaciones, lograrían trabajar en las mejores compañías de Inglaterra y contribuirían con el bienestar de la sociedad, no solo del imperio, sino del mundo. Luego repasó algunos nombres de científicos famosos que pasaron por esas aulas, quienes habían inventado fantásticas máquinas como el aeroglobo o las hipergafas. Cuando el director estuvo a punto de retirarse, uno de mis compañeros se armó de valor y le preguntó porqué tanta gente estaba protestando al frente de la escuela. El director hizo un gesto de desdeño, como lamentando que tuviera que responder una pregunta sobre esa nimiedad. Luego nos contó que aquellas personas protestaban porque las máquinas que nosotros construíamos eran cada vez más eficientes, por lo que se necesitaba menos obreros y muchos de ellos se quedaban sin trabajo; después agregó que, gracias a la tecnología, el mundo había prosperado, que la gente vivía más, e incluso, que gracias a las aeronaves ahora se podía llegar a distintos lugares del mundo con mayor rapidez, por lo que había aumentado el comercio y diversos países habían incrementado su renta. El director volvió a hacer un gesto de desdén y agregó que, a pesar de todo el bien que le hacíamos a la humanidad, los obreros, quienes tenían la dicha de que les diéramos trabajo, osaban quejarse porque en realidad solo querían ganar más plata por trabajar menos horas.

El desprecio con el que el profesor se expresó de aquellas personas fue tal, que ninguno de mis compañeros se atrevió a volver a hacer una pregunta al respecto y, poco a poco, mientras pasaba el tiempo, nos fuimos acostumbrando a ver a aquellos manifestantes agitando sus carteles o quemando objetos en las calles, como si se hubieran convertido en parte del panorama.

El curso duraba dos años, y durante las clases desfilaban cinco profesores quienes eran los encargados de enseñarnos el funcionamiento de todos los inventos más importantes que habían construido el mundo tal y como lo conocíamos. A pesar de nuestra dedicación, ya que de los exámenes finales dependería nuestro futuro, a la mayoría de nosotros no nos iba tan bien en las clases, ya que la cantidad de información que teníamos que aprender era abrumadora.

Conforme avanzaban las clases, las manifestaciones, no solo en las afueras de la escuela, sino en toda la ciudad, empezaron a multiplicarse a la par que el empleo disminuía, ya que cada vez se necesitaban menos obreros para operar las máquinas que los científicos, como los que nos enseñaban, construían. Nosotros vivíamos aislados de la ciudad y procurábamos no salir de la escuela, donde había todo lo que necesitábamos, mas sentimos que las protestas recién nos afectaron en julio de este año, cuando el profesor de Química desapareció. Estuvimos dos semanas sin clases de esa materia, hasta que una mañana nos enteramos de que su cadáver apuñalado había sido colgado en el faro de una calle, con un cartel que decía «muerte al alimento de la burguesía». Tal hecho conmocionó a la escuela y se suspendieron las clases por una semana, mientras se buscaba a los culpables. Finalmente, dos obreros de los astilleros fueron acusados del crimen y ejecutados por la Policía. Después de una semana, nosotros creíamos que sería complicado que el colegio encontrase a un nuevo profesor de Química, hasta que un contrataron a Stuart Flynn, un científico británico que había pasado sus últimos años en la India, pero que acababa de volver a la isla.

Aquel día de agosto asistimos expectantes a la clase de Química, para conocer a el nuevo profesor, más nos vimos sorprendidos cuando este apareció. El hombre era delgado y alto, de piel agrietada y apariencia fornida. Vestía un largo saco beige, empolvado, como si no lo hubiera sacado del armario por varios meses. Utilizaba guantes negros y un sombrero raído de ala ancha. Uno de sus ojos estaba tapado por un lente redondo de luna espejada, que era sostenido por un aparato metálico que se enganchaba en su oreja y entraba en su oído, el cual parecía ser un audífono. Fumaba un puro con un metafiltro y botaba humo sin parar, parecido a una pequeña chimenea. La mirada de su único ojo descubierto tenía un atisbo de melancolía, como si  en el pasado la vida lo hubiese tratado con más respeto.

¿Ese era el nuevo profesor? Me pregunté al ver su aspecto deslucido.

El tipo caminó con lentitud hacia el perchero, como si la clase durase cinco horas; colgó el sombrero y dejó al descubierto un cabello grisáceo; luego desabotonó con parsimonia cada uno de los botones de su saco y, cuando se lo sacó; todos los alumnos se sorprendieron de que su camisa estaba cortada para que pueda salir su brazo derecho: este era metálico y parecía oxidado, estaba enganchado a su hombro por engranajes que se movían con lentitud, como el motor de un reloj que estaba agonizando. El brazo estaba completamente rígido, las tuercas apenas permitían que este se moviese al compás del caminar de su dueño, aunque este no tuviera dominio sobre su extremidad.

El profesor observó la ventana y se acercó, dio una mirada a la gente que estaba en el exterior, protestando, y luego volvió la mirada hacia nosotros. Nos miró con detenimiento, consciente de que estábamos sorprendidos por su metálica extremidad, y se acercó a la primera carpeta, observó a Edward, uno de mis compañeros, y puso la mano sobre su carpeta con brusquedad.

—¿Te sorprende esto, muchacho? —le preguntó.

Edward abrió los ojos con miedo, parecía que intentaba decir algo, mas solo alcanzó a mover su cabeza, en sentido aprobatorio.

El profesor sacó la mano de la carpeta y alzó su brazo, el metal resplandeció con la luz que se colaba por las ventanas.

—Esto —nos dijo—, es el resultado de una mala proporción de elementos. ¿Saben quién la hizo? —todos negamos con la cabeza—… un pésimo estudiante, en quién confié…

El profesor bajó el brazo y regresó a su pupitre. Se sentó con lentitud y nos escudriñó con la mirada, con el único ojo que podíamos ver; mientras en su único lente espejado podíamos ver nuestros reflejos, asustados y circunspectos.

—Es por esa razón… que ahora no tolero errores. Si ustedes logran pasar mi examen final de Química… les aseguro que estarán preparados para egresar de esta escuela.

La imagen del profesor deslucido desapareció de inmediato y fue reemplazada por una de respeto y miedo. A partir de esa clase, todos pusimos nuestro máximo empeño en las clases de Química y comprobamos que las amenazas del profesor no habían sido mentira. Siempre estaba atento a cada detalle y no toleraba ninguna equivocación. Con él aprendimos fórmulas para mejorar la producción de hierro y luego de acero. La mitad de las clases de Química consistían en desarrollar nuestro proyecto final, que tuvo la mitad de la calificación: el desarrollo de una bomba de barril que estaría llena de explosivos a base de shrapnel. Por supuesto la bomba no era real, pero el profesor nos enseñó al detalle cómo realizarla.

En el último mes nos preparamos para nuestros exámenes finales y, cuando no estábamos en clases, todo el alumnado se mantenía en sus dormitorios y en la biblioteca estudiando para lo que serían las pruebas más difíciles de los dos años.

Con satisfacción puedo decir que estoy seguro de que aprobaré todos los exámenes que he rendido, más aún falta el último, y el más importante: el de Química. A pesar de haberme preparado con ahínco, aquí estoy, sin seguridad de saber todo lo que el profesor Flynn nos enseñó. Si no fuera por el proyecto que hicimos, la bomba de barril, estaría seguro que no aprobaría el curso.

Mis compañeros y yo estamos impacientes, ningún día el profesor llegó tarde, siempre estuvo en el salón minutos antes de que empezaran las clases; sin embargo, justo hoy, el día más importante, se demora. Me pregunto si es una de sus artimañas para jugar con nuestra mente, para ponernos nerviosos y rendir el examen con presión.

De pronto, la puerta del aula se abre con brusquedad, mas no entra Flynn, sino Arthur Smith, el profesor de aerodinámica, quien carga varios pergaminos.

—El profesor de Química ha enfermado —nos dice mientras se acerca uno a uno y nos entrega los pergaminos, los cuales se encuentran doblados y muy bien sellados—. Aquí están las instrucciones del examen, esperen a mí orden para que empiece el exámen.

El profesor Smith saca un reloj de su saco, del tamaño de su mano, y lo pone sobre la mesa.

—El examen empieza… ¡ahora!

Desenrollo el pergamino con rapidez, no debo perder tiempo, cada segundo es valioso. Al abrirlo, empiezo a leer:

 

Examen de Química

Escuela de Invenciones Científicas

Londres, 1847

 

Estimados alumnos. Alguna vez les conté la historia de cómo perdí mi brazo derecho. Les dije que fue un error de un estudiante, en quién confié. Después de seis meses, debo confesarles que aquello fue mentira. Trabajé diez años como científico en una de las compañías más grandes de esta ciudad y perdí el brazo al manipular explosivos. Después del incidente, la compañía se deshizo de mí y contrató a un nuevo científico, con todas sus extremidades, quien sí podría realizar los experimentos con facilidad. Nadie se ocupó de mí y no pude encontrar trabajo, así que me uní a las manifestaciones para luchar en contra de gente como ustedes, de gente como quien alguna vez fui. Ustedes son cómplices de aquellos que poseen las máquinas que esclavizan a cientos de personas, personas como yo, que son desechadas por esta sociedad injusta.

Supongo, que después de leer esto, solo deben pensar en cómo aprobarán su examen de Química. Si desean aprobar, solo deben mirar por la ventana.

 

Alzo la mirada, mis compañeros están tan desconcertados como yo. Con incertidumbre, nos paramos uno a uno y nos acercamos a la ventana. Ante el desconcierto del profesor Smith, quién pregunta qué hacemos.  

    Afuera están los manifestantes con antorchas, palas y carteles en las manos, que agitan hacia el aire. Con claridad distinguimos, en el medio de la multitud, un brazo metálico que agita un cartel más grande que los demás. Este tenía una inscripción con letras rojas: «El curso ya lo aprobaron… con su proyecto».

    Escuchamos un temblor.

Concurso de cuentos retrofuturistas 2017– 1er Puesto – Mi mundo por Jim Rodríguez

Hacía una semana, el médico fue al laboratorio porque me resbalé y caí por las escaleras durante el fuerte temblor. Me llevaron a la clínica y, tras examinarme con los equipos médicos, dijo que no habría daño cerebral. Eso me tranquilizó; sin embargo, desde ese día sentí un pequeño ardor en mi nuca, supuse que con el tiempo desaparecería. Al volver a mis quehaceres algo había cambiado, diversos recuerdos aparecieron como imágenes vivas: mi esposa, mis hijos y amigos no eran los que a diario veía. Era como si fuesen de otra realidad y me preguntaba cuál era la verdadera. No era un sueño, tal vez me drogaron y me trajeron aquí para que creyera que sigo con mi vida normal. Los únicos interesados serían los comunistas.

    Esa noche, en casa, le pregunté a mi esposa sobre hechos del pasado, eran preguntas escogidas y ella las respondió con rapidez, sin dudar, como si siguiese un libreto aprendido. La miré con atención, cada gesto y cada mirada; no dudaba y eso me intrigó. Sospechaba igual de los otros científicos que seguían el proyecto de la nueva bomba atómica, mucho más destructiva. Los diseños y cálculos se los entregaba a ellos para que continúen con el resto del proceso; si ellos son soviéticos, entonces yo les estoy ayudando a construir una bomba con el avance tecnológico de mi país. Los informes de inteligencia demostraban que, aunque ellos fueron los primeros en construir reactores nucleares para su primer transbordador y aterrizarlo en la Luna, no pudieron fabricar una bomba nuclear tan efectiva como la nuestra. Sabía que harían lo que fuera para perfeccionarla, hasta secuestrarme, pero no pensaron que la caída en mi casa alterara mi mente, descubriendo su engaño.

    Los días siguientes me dediqué a observarlos mejor, cada día me daba cuenta de que todo era falso. Sin que se dieran cuenta y cuidándome de las cámaras de seguridad, accedí a diferentes áreas del complejo científico, eran solo habitaciones vacías, los prototipos de nuevos reactores solo eran carcasas, hasta las máquinas médicas donde me hicieron los exámenes no funcionaban. Me tuvieron que drogar para no darme cuenta de ello. Uno de mis hijos, cuando era pequeño, sufrió un corte en la rodilla derecha, al revisarlo, no encontré esa cicatriz. Mi mujer tenía una ligera cojera debido a un accidente automovilístico, ahora que la veo con detenimiento, camina perfectamente. La piel que los recubren es muy parecida a la humana, pero ahora noto la diferencia, estos impostores deben de tener una cubierta artificial. Mis emociones afloran hasta el límite, ¡los odio por esto, no tenían derecho! ¡Son unos malditos miserables! Debo vengarme… Ahora sabré el resto de las respuestas en la central que lo controla todo, el laboratorio se conecta a ella enviando toda la información de los experimentos, los planos me indican que se halla en una habitación subterránea, ahí podré saber dónde estoy realmente y las posibles salidas para escapar. Debo ser cauteloso, modificaré mis cálculos y experimentos, no obtendrán una nueva bomba de mí y antes de huir, haré estallar todo el laboratorio.

 

Esta mañana desperté con más recuerdos, en ellos leía las especificaciones de la ciudad que los soviéticos estaban construyendo en la Luna, estaría protegida por una cúpula para crear un ambiente adecuado para vivir. Mi gobierno tuvo que impedirlo, así que dispararon una bomba nuclear cuando su trasbordador regresaba a la Tierra. La opinión pública ignoraba este conflicto silencioso, esta guerra fría, sin el brillo del relámpago de la muerte, solo tenían la promesa de que algún día iríamos a la Luna, pero en realidad ya teníamos la tecnología y cada año se pensaba mejorar la carrera espacial para incluso llegar hasta Marte. Todo estaba oculto, el uranio ya lo manejábamos desde hacía décadas, y el primer reactor fue construido terminada la segunda guerra mundial. Logramos un gran avance con los planos que contenían diseños avanzados hechos por los alemanes; sin embargo, los rusos poseían mejor tecnología aeroespacial y su nave ya había realizado decenas de viajes; nosotros solo dos. Era el momento de equilibrar la balanza. Una vez destruido su transbordador, no nos atacaron sabiendo el armamento que poseíamos, solo ocultaron el desastre y como pensamos, dejaron de viajar al espacio y abandonaron la idea de seguir construyendo su ciudad. Para los próximos años, el uranio será el nuevo oro, uno por el que matarán y seguirán cosechando muertes. Mi falsa familia ya duerme profundamente, les di un sedante y salí. Ayer, la computadora central me mostró los planos del complejo y la existencia de la nave soviética que se estrelló aquí, ya sé la ruta a seguir… los conductos de ventilación hasta llegar al lugar…

Pude acceder al laboratorio, el uranio que hay aquí sí es verdadero, debo sacarlo con calma… abro la pequeña compuerta y logro extraer la cápsula. El uranio será suficiente para activar el reactor del transbordador si es que aún funciona. Será fácil seguir los planos, podré saber lo que está sucediendo. Solo unos segundos más… vamos… ¡lo logré! Me acerco a las pantallas, la cámara de seguridad del pasillo no muestra actividad, tal vez sospechen que he notado la diferencia de esta realidad, aunque he tratado de no llamar la atención. Desde el accidente tengo aquellos recuerdos y son muy diferentes a todo lo que he vivido, no son alucinaciones. He descubierto que son todos unos impostores, no recuerdo cuando fui secuestrado, lo que más me abruma es saber que estos comunistas tienen la suficiente tecnología para recrear no solo el laboratorio, sino el complejo científico. Todo es una farsa. ¿Cómo es posible que hayan duplicado a mis amigos y a mi familia? ¿Cómo mi gobierno no se ha dado cuenta de que me tienen prisionero? Mi vida ha continuado sin alteraciones, no logro saber en qué momento me han traído aquí.

Ahí están los vigilantes, caminando por el pasillo, se alejan. Es momento de salir…

Solo falta unas pocas calles y estaré frente al edificio que busco. Accederé al sistema de la compuerta para encontrar la clave… Es extraño, no es necesaria ninguna clave, puedo pasar sin oposición y además, no hay guardias. Atravieso una compuerta de vidrio e ingreso al hangar, ocupando todo el lugar está el transbordador, veo que sufrió muchos daños.

Ingreso la cápsula de uranio dentro de compartimiento del procesador del pequeño reactor, se encontraba debajo de la bodega de carga. El idioma no es un problema, todos los científicos fuimos capacitados para ser espías y acceder en algún momento a información y traducirlas. Los soviéticos construyeron todo alrededor de su nave estrellada para hacer más convincente esta farsa, supuestamente estudiaban sus motores. Se enciende un monitor, los sistemas aun funcionan, leo en la pantalla: reactor operativo, sistemas al treinta por ciento… diez minutos para carga completa. Otra vez tengo que esperar, mientras tanto me imagino a mi verdadera familia… cada mañana ella servía el café mientras mis hijos se sentaban en el sofá para jugar. Siempre pensé que tenía la familia perfecta, todo era felicidad, los amigos, el trabajo… nuevos descubrimientos…

Ha encendido el reactor, la computadora empieza a operar, la información aparece en la pantalla, es el momento de saber la verdad…

 

No… no es posible…

La computadora me informa que el 16 de abril del año 1956 el transbordador soviético detectó un ataque. Su sistema de defensa destruyó la bomba nuclear, pero la cercana explosión la afectó. En ese momento los astronautas estaban realizando un experimento con una máquina que creaba una abertura temporal. No pudieron detener el experimento y al destruirse parte del transbordador la máquina se descontroló y estalló. Viajaron en el tiempo y aparecieron ciento setenta años después, muy cerca de una desconocida nave. El fenómeno temporal envolvió a ambas y desapareció poco después. Sus sistemas se apagaron momentáneamente y se precipitaron al planeta. Ante el inminente impacto, los sistemas de seguridad se encendieron, pero sufrieron daños al aterrizar.

Veo los datos del único sobreviviente del transbordador… su nombre es Sergei Stovlidenko, soviético y ahora su foto… soy yo…

 

Sentado en este piso frío, trato de ordenar las piezas de este rompecabezas… fui el único sobreviviente, las grabaciones donde hablo sobre mis hallazgos e investigaciones explorando la nave que era científica me muestran que no contenía tripulantes, tenía forma discoidal con un diámetro de seis kilómetros, solo la habitaban diversas máquinas de forma humanoide: robots. Es difícil creer que tenga el recuerdo de ser norteamericano y que el ataque haya sucedido hace un mes, ahora me doy cuenta de que todo ello es una farsa. Si han pasado tantos años, toda mi familia ha muerto, se fueron… estoy atrapado aquí, pero ¿por qué prepararían toda esta realidad para mí? Si tienen una tecnología más avanzada y pueden construir armas más destructivas, ¿con qué objeto me tienen aquí diseñando armas nucleares antiguas? ¿Dónde está la otra nave? Tengo más preguntas que respuestas, ¿dónde realmente estoy? ¿Qué haré ahora?

―Estas en un lugar seguro, no temas.

Esa voz, en mi cabeza, es una ilusión.

―No soy una ilusión, estoy hablándote. No estás solo.

¿Quién eres tú?

―Soy quien controla este complejo, soy quien lo construyó para vivir a través de ti.

¿Cómo puedes hablar en mi mente?

―Ve a la computadora central, allí abriré una compuerta secreta y podrás verme.

 

La compuerta se abre y camino por un pasadizo. Llego a una habitación esférica, al ingresar veo numerosos cables que cubren la superficie y convergen del suelo para conectarse a un recipiente cilíndrico, en ella se halla un cerebro humano cubierto por un líquido verdoso, en él están conectados tres cables que se elevan hasta la superficie exterior del cilindro y salen hacia el techo. Sergei mira sorprendido aquel espectáculo, esperaba a una computadora, una inteligencia artificial que sea la que gobierna todo y no una inteligencia humana, no existe esa tecnología avanzada en la Tierra para mantenerla con vida.

―Hola Sergei.

¿Quién me habla?

―Como te dije… soy quien gobierna esta ciudad, el humano que sobrevivió al impacto de la nave.

Hubo un solo sobreviviente y fui yo.

―Sí, hubo un solo sobreviviente, mis compañeros murieron. Yo resulté ileso, pero la contaminación por la explosión de la máquina provocó que mi cuerpo enfermase. La inteligencia artificial que gobernaba la nave científica se reinició y estuvo operativa unos días después del impacto. Calculó los daños y concluyó que no podían ser reparados los motores, no había forma de irnos de este lugar, así que se comunicó conmigo, dijo llamarse Deckard y, ante la posibilidad de quedarnos aquí, decidió crear este complejo científico alrededor del transbordador caído. Sus robots desarmaron toda la nave, pieza por pieza. Construyeron todo. Durante un año soporté los dolores hasta que mi cuerpo no resistió y él me colocó en este cilindro, luego se unió a mí y permanece dormido, soñando. Construí robots más avanzados y creé copias usando parte de mis recuerdos, la enfermedad afectó mi memoria, por eso los robots que fingen ser tu esposa, hijos y amigos tienen un diferente rostro y cambié el entorno haciéndote creer que eras estadounidense, su forma de vivir no es tan cuestionable y rígida como la nuestra, pero te programé para que no notes la diferencia.

¿Qué estás diciendo? ¿Ellos y yo somos robots?

―Eres una máquina, fuiste creado para vivir mi fantasía de una familia feliz, en la noche bloqueaba los recuerdos y en la mañana empezabas a vivir el mismo día, todo de nuevo. Deckar fue construido por los últimos humanos y enviado a investigar la Tierra, cuando fue impactada por el transbordador y afectada por la abertura temporal. Él siempre quiso sentir como un humano y yo necesitaba ser feliz, juntos podemos satisfacer nuestros deseos, vivir eternamente, sin dolor, sentir y sonreír. Un temblor ocasionó que caigas y te golpearas la nuca donde está el procesador que bloqueaba tus recuerdos… mis recuerdos, al tenerlos… evolucionaste, te diste cuenta del engaño, supe entonces que había otro ser que tomara sus propias decisiones y no siguiera las mías. Ya no estaré solo…

Escucho atentamente y miro mis manos sintéticas que aparentan ser humanas.

Las emociones que siento son las tuyas, ahora me doy cuenta de todo. Tú me dejaste llegar hasta aquí. ¿Por qué no pediste ayuda? ¿Por qué no vinieron a auxiliarte si el impacto debió alertarlos?

―Ya no existe la humanidad… Al ser destruido nuestro transbordador, el gobierno estadounidense logró arribar a la Luna, hicieron varios viajes y con el tiempo crearon armas nucleares más destructivas. El 23 de diciembre del año 1959 estalló la tercera guerra mundial, el sesenta por ciento de la población murió a consecuencia de la gran guerra y el resto fue disminuyendo a causa de las epidemias y contaminación radioactiva. La Tierra es ahora solo un paraje desértico. Los pocos que huyeron lo hicieron en transbordadores hacia otros mundos. Ciento sesenta años después crearon una máquina que podría limpiar la atmosfera de la Tierra usando el uranio abundante en ella. La nave científica fue enviada para dejar la máquina y estudiarla. Esta ciudad está protegida por una cúpula, la máquina está afuera, funcionando.

Quiero ver la Tierra... No hubo respuesta, la puerta de la esfera se abre y me muestra el pasillo de ingreso. Entiendo su mensaje… camino hacia la salida… recorro las calles. Allí están los treinta robots: mi esposa, mis hijos, amigos, compañeros de trabajo y los demás. Sigo a uno de ellos que me señalaba un lugar a lo lejos. De improviso, el cielo se aclara y un sonido metálico se escucha en lo alto, la cúpula se abre y salgo al exterior, piso la arena y veo las montañas a lo lejos. Es de día, el sol se vislumbra a lo lejos, ante este espectáculo recuerdo un viaje que hicimos con mi esposa cuando éramos novios y estudiaba en la universidad. Camino un poco más de un kilómetro y me detengo cuando unas imágenes son enviadas a mi cerebro artificial. Escucho un mensaje:

―La abertura temporal, al desaparecer, nos arrastró por el espacio-tiempo y regresamos al pasado. Estamos en el año de 1958, la guerra empezará en unos meses, no hay forma de evitarla ni comunicarnos con ellos, solo debemos sentarnos y esperar que mueran todos, nuestra familia está allá… ahora entenderás porqué solo quiero vivir feliz cada día creyendo que estoy con ellos, tú decides seguir mi camino o el tuyo… desde ahí no puedes verla, tan solo imaginarla en tu memoria.
Miro el brillante cielo… espero un día poder regresar, ahora este es… mi mundo… Bienvenido a Marte.