Concurso de cuentos retrofuturistas – 3er Puesto – Contra los trípodes – por Rubén Mesías Cornejo

  1. La intervención marciana.

En 1916, la penosa guerra de trincheras que se libraba en el Frente Occidental acabó abruptamente, de golpe el ejército franco-británico que llevaba dos años sosteniendo un sangriento pulso contra las tropas alemanas desparramadas por toda la esquina noroeste de Francia, fueron completamente aniquiladas, y no precisamente por obra de alguna gigantesca batalla de desgaste como la librada en Verdún.

La causa de la derrota franco-británica procedía de algo que ninguno de los servicios secretos en pugna hubiera podido averiguar, pues investigaciones, es más podría decirse estaba completamente fuera de las variables que cualquier agente habría podido considerar porque normalmente ninguno de ellos miraba al espacio como una fuente de peligros. Así pues aquello que terminó barriendo a las valientes tropas de la Entente procedía del cosmos, en concreto del cuarto planeta del Sistema Solar, un mundo rojo que recibió el nombre del dios romano de la guerra por parte de la ciencia astronómica.

El desastre aliado comenzó de noche, precisamente mientras su artillería estaba machacando una y otra vez las posiciones alemanas situadas más allá de la Tierra de Nadie. Sin duda, aquel ruido atosigante y ensordecedor, marcaba el límite entre el valor y el miedo de aquellos miles de hombres que pronto abandonarían el abrigo de sus trincheras para correr hacia la muerte, encarnada en las balas que las ametralladoras alemanas dispararían contra ellos, ese hubiera sido el destino que les estaba reservado cuando los cilindros marcianos empezaron a caer profusamente del cielo como si fueran grandes bombas arrojadas furtivamente sobre aquella zona aparentemente a salvo, a raíz de esto los artilleros se olvidaron de seguir abasteciendo los cañones con munición, suscitando una vasta pausa de silencio en medio del pandemonio reinante.

¿Sería posible que la aviación alemana estuviera bombardeando la retaguardia por medio de esos gigantescos biplanos bimotores que se habían estrenado operativamente en Rusia y en los Balcanes?

A falta de una idea mejor, los artilleros tomaron esta por buena y reaccionaron de distinta manera ante el hecho consumado, algunos pusieron pies en polvorosa, y otros asumieron una actitud más digna y valiente, echándose un fusil a la cara para abrir fuego contra aquellas cosas que seguían lloviendo del cielo nocturno, y aunque todos esperaban que los cilindros terminaran explotando, esto no pasó; más bien su morro cónico se hundió en el suelo, formando un cráter no demasiado profundo a su alrededor: solo en ese momento todos se dieron cuenta de que esos cilindros no se parecían para nada a las bombas que empleaba la aviación imperial alemana, amén de no tener el color azulado que caracterizada a las mismas, por el contrario los cilindros tenían un color plateado brillante que hacía recordar un poco el que tienen las balas de un revólver, y no faltó quien le hiciera notar esto a los demás , generando la especulación de que esas cosas hubieran sido disparadas por una especie de super cañón camuflado en las inmediaciones.

Espoleados por la curiosidad los soldados se olvidaron de la tensión y se acercaron a uno de los cráteres recién excavados por aquellos cilindros de procedencia desconocida, sus ojos miraban esas cosas con una mezcla de respeto y miedo nacida precisamente de aquel origen ignoto que no acertaban a descifrar pues ya se había difundido la especie de que esos objetos no procedían de ninguna fábrica alemana; entonces alguien percibió que uno de los cilindros parecía temblar, como si algo atrapado en su interior pretendiera abandonar el estrechísimo espacio en el que seguramente se cobijaba, y dio la voz de alerta para que todos estuvieran listos a repeler una posible agresión por parte de lo que estuviera adentro.

En ese instante, la tapa que remataba la parte del cilindro que permanecía expuesta a la curiosidad de los soldados, salió expulsada violentamente hacia atrás, provocando que varios se echaran al suelo para evitar ser impactados; en eso una especie de capucha metálica, de forma triangular, emergió abruptamente hacia el exterior, asombrando a todos con la disposición de sus rasgos faciales; podría decirse que era como la cara de un cíclope sin nariz, cuya boca tenía tentáculos en vez de dientes, sin embargo el asombro no estaba completo, pues a esa “cabeza”, por así decirlo, le faltaban sus extremidades y estas surgieron pronto de su encierro: eran tres patas metálicas, delgadas pero bastante robustas, que cuando se desplegaron por entero hicieron que esa capucha se elevase a una altura realmente prodigiosa desde la cual podía divisar a los soldados que estaban a su alrededor como una horda de minúsculas hormigas que susceptibles de ser pisoteadas si acaso le entraba el antojo de hacerlo.

Y casi al mismo tiempo que ocurría esta especie de apoteosis, otras más estaban ocurriendo por los alrededores confiriendo superioridad numérica a esas extrañas máquinas gigantes que una vez erguidas empezaron a pasearse por toda la retaguardia desparramando un pavoroso rayo de fuego que calcinó a quienes osaron disparar sus fusiles contra ellos, mientras tanto otras máquinas marcianas se dedicaban a perseguir a los que huían despavoridos con el fin de capturarlos y beberse su sangre.

De ese modo se inició la descomposición de las fuerzas franco-británicas, y los trípodes marcianos tuvieron el camino libre para asolar París, mientras los británicos decidían retirar sus fuerzas de Francia para proteger su propio territorio de un posible desembarco marciano, el cual se produjo semanas después de la irrupción alienígena en Francia.

Desde el otro lado del frente, los germanos contemplaron la cruel masacre que los marcianos perpetraron contra sus oponentes con evidente espanto, por un lado sentían que nacía la esperanza de un posible retorno a sus hogares después de haber pasado dos años metidos en aquellas trincheras, aunque lo más factible sería que el Alto Mando considerase que permanecieran ahí para enfrentar la amenaza potencial de aquel enemigo inhumano que sin duda pretendería avanzar hacia el sagrado suelo del Reich.

  1. Alemania se dispone a resistir.

Mi nombre es Kurt y fui abatido por el fuego francés durante la intensa serie de ataques y contrataques que se sucedieron en torno a las fortificaciones de Verdún, afortunadamente un equipo de sonderkommandos recuperó mi cuerpo, junto al de otros camaradas, y así los sabios de mi patria dispusieron de la materia prima para experimentar una tecnología nueva y portentosa que me devolvió la vida. Ahora de nuevo me encuentro en la brega, cierto que no soy el mismo de antes; un brazo protésico y una máscara facial remplazan aquello que perdí durante la batalla, pero al menos estoy satisfecho de seguir vistiendo el uniforme de las Sturmtruppen del Ejército Imperial. Los marcianos han liquidado a los franceses y echado a los tommies fuera del continente, y son como un rodillo imparable que ahora se dirige contra nosotros; pues para ellos no somos ingleses, franceses o alemanes, sino simples criaturas bípedas con un cierto grado de inteligencia a las que tiene que dar caza para proveerse de sangre. La oleada marciana ha barrido con todas nuestras tropas aventuradas en Bélgica y el norte de Francia. Ahora luchamos en Alsacia, e intentamos evitar que estos horribles vampiros mecánicos continúen avanzando hacia el corazón del Reich.

El general Falkenheyn está convencido que las Sturmtruppen conseguirán detener a los gigantescos trípodes marcianos mediante una combinación de las nuevas tecnologías bélicas que se han ido desarrollando durante estos dos años de guerra; por tierra dispondremos de máquinas de guerra fuertemente artillados, los cuales atacaran junto a nuestros nuevos monoplanos metálicos provistos de lanzallamas alojados , a modo de cañones, en el interior de sus alas; algunos tripularemos las máquinas terrestres, y se valdrán de los cañones para quebrantar las articulaciones metálicas que permiten a esas extrañas carlingas avanzar dando grandes zancadas, cual botas de siete suelas , otros (entre quienes me encuentro) tripularemos los Junkers cuyos lanzallamas quemarán las carlingas donde se ocultan estos declarados enemigos de la humanidad.

Los valientes pilotos de los biplanos de reconocimiento se han arriesgado mucho para obtener las fotografías que nos han provisto de esta valiosa información, y algunos perecieron dentro de sus frágiles máquinas, calcinados por la terrible arma conocida como el Rayo Ardiente, cuyo generador se encuentra albergado dentro del “ojo” de la carlinga.

El día del ataque ha llegado, y confiamos en que tendrá éxito pues enfrentaremos nuestras mejores máquinas contra estos monstruosos ingenios extraterrestres, además esta batalla no será como aquellas que libramos contra los franco-ingleses, esta vez no tendremos que cortar alambradas, ni superar ninguna tierra de nadie, para luchar cuerpo contra los acérrimos defensores de una trinchera vencida, pues los marcianos no combaten de ese modo; y hasta el momento no se han enfrentado más que con divisiones de infantería desconcertadas y provistas de fusiles y ametralladoras. Los cañones de campaña se han revelado un poco más eficaces pero los marcianos continúan efectuando sus desembarcos verticales a nuestras espaldas, y los esporádicos triunfos de la artillería no compensan las miles de bajas que hemos sufrido, amén de los prisioneros que nutren su despensa de sangre joven y fresca.

Los marcianos avanzan, son visibles desde la tierra como esos globos cautivos que sirven como puestos de observación para dirigir el tiro de la artillería, con la diferencia de que no permanecen estáticos sino en movimiento. Se decide que las máquinas de guerra encabecen la primera oleada de ataque contra los trípodes en medio de esta comarca desolada por las viejas batallas que antaño la escarnecieron; pero esta vez los marcianos no han marchado solos, les precede una nutrida formación de cerradas de soldados harapientos que visten los uniformes de las naciones que han osado enfrentarse a ellos, se divisan cascos alemanes, franceses, ingleses; los infelices tiene la mirada ida y corren hacia las máquinas de guerra con los fusiles dispuestos para el combate cuerpo a cuerpo, mientras gritan al unísono, como enardecidos con la furia de un solo hombre, al parecer no les infunde miedo el aspecto de las máquinas que tripulan mis camaradas.

Son grandes cajas blindadas que tienen el majestuoso aspecto de una fortaleza erizada de cañones por todas partes como un navío de superficie, en sí hablamos de una plataforma de artillería semoviente que se desplaza sobre grandes orugas que aplastan el suelo.

Los conductores detienen sus máquinas a la espera de órdenes, mientras esa masa ingente continúa aproximándose. Los conductores, preguntan por radio, que hacer, y reciben una respuesta lapidaria de boca del mismo Falkenheyn.

— ¡Continúen! ¡La artillería de campaña se encargará de eliminar el estorbo!—bramó el general a través de las radios instaladas en los carros.

Y estos cañones abrieron fuego causando estragos entre aquellas mesnadas de controlados que avanzaban en formación cerrada contra nuestras máquinas de guerra escoltando los trípodes que avanzaban tras ellos como una legión de titanes cuyas partes metálicas resplandecen, de modo extraño, bajo el sol matutino.

Ahora nuestras máquinas entran en la lid, y los cañones montados en ellos, empiezan a disparar contra los trípodes; pero lo hacen erráticamente como si los artilleros no hubieran calculado bien la trayectoria de tiro de los proyectiles.

La ira de Falkenheyn es tremenda y ordena que los Junkers despeguen. Yo soy el piloto de uno de esos bruñidos monoplanos que ahora encienden sus motores, antes de carretear y elevarse para alcanzar la altura necesaria para disparar potentes chorros de fuego contra el centro nervioso del trípode, vale decir la sede del cerebro marciano.

Volamos en formación abierta, y en cuanto divisamos la hilera de trípodes en marcha, cada uno elige cual atacar y nos dispersamos para poder atacarlos con mayor eficacia. Mi monoplano acelera, y vuela haciendo espirales antes de atacar, ahora divisó la carlinga enemiga, y me figuro una siniestra capucha de verdugo, grande e imponente, como hecha para amedrentarme; mientras tanto su único “ojo” empieza a resplandecer como aprestándose a disparar contra mí, pero no lo hace.

Por un instante aquel destello me ciega, haciéndome perder el control de mi avión, pero todo eso resulta pasajero y vuelvo a tener consciencia de la importancia de la misión.

Ignoro si aquel marciano sabrá lo que es la piedad, o sí la habrá tenido conmigo, pero no le daré tiempo de averiguarlo. Mi avión desciende un poco, y enrumba hacia la “boca” de la carlinga, ahí donde penden los tentáculos de la bestia extraterrestre que conduce el trípode, debo acercarme más para que las llamaradas de los flammenwerfer instalados en los bordes de ataque de mi monoplano puedan quemar aquella maldita carne alienígena.

El “ojo” del marciano resplandece otra vez, es como el guiño de un heliógrafo transmitiendo un mensaje que envuelve mi mente un espeso manto de confusión y olvido, que no solo me afecta a mí sino al resto de mis compañeros, pues ahora nadie se atreve a disparar los flammenwerfer contra los trípodes que continúan su avance sin siquiera disparar su temido Rayo Ardiente contra las inermes máquinas de guerra alemanas que encuentran en su camino.

Los Junkers giran y se alejan, abortando espontáneamente la misión, a nadie parece importarle que, a través de la radio, Falkenheyn nos cubra de amenazas e improperios por esta aparente insubordinación contra la autoridad del Alto Mando; por mi parte he comprendido que ningún ejército humano puede oponerse militarmente a los marcianos, su mente es más poderosa que la nuestra, pero la Tierra no sólo está poblada por humanos, y puede que alguna de aquellas criaturas sin mente, quizá las más pequeñas de todas, sean capaces de vencerlos.

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