Concurso de cuentos retrofuturistas – 2do Puesto – La despedida – por Galled Stada

Este episodio me sucedió justo antes de iniciar los viajes en el tiempo con la máquina que había birlado al viejo chiflado, todo gracias al rumor que se había propagado debido a aquella reunión convocada por él hacía ya varias semanas. Era el año 5485 y era mi despedida. Le había informado a mis camaradas que mis días de aventuras habían terminado y me iba fuera (aunque no decía exactamente a dónde) para continuar con proyectos personales.

La reunión era en el cabaret Le Chat Metalliqué. El establecimiento estaba abarrotado, con gente demasiado bebida, un cantante que gritaba groserías y el pianista embriagado durmiendo de lado. Ciertamente no era el lugar más recomendable para ningún caballero decente, pero eso era lo que menos se podría decir de nuestra compañía. Estaba toda la banda: John Fox, no había damisela que se escapara de su sagaz labia y era el piloto de nuestra nave; los hermanos Jonas y Julián Madrid, el primero estafador de primera en juegos de billar y el segundo el más salvaje de los delincuentes que podía alguna vez yo conocido; Jan Jumbo, el más respetado en el mundo del hampa y conocido por sus gustos libidinosos y descarados; y por último Alec Perro Loco Moodlio, dueño del local, de unas maneras de enamorar dignas de libros del siglo pasado, de los guantes para disparar garfios, pistolas de presión y nuestra nave que simulaba ser un simple carruaje tirados por caballos metálicos cubiertos de piel.

Todos los artilugios estaban sobre la mesa, mientras le rendíamos pleitesía al verde jade de la deliciosa absenta y algunos otros sólo bebían cerveza. El humo de las pipas había vuelto denso el aire y la risa y el bullicio evitaba tener cuidado de que alguien nos pudiese identificar. Por otro lado, Alec había sobornado a la policía y esa noche teníamos carta libre para disfrutar de la tertulia. La mesa estaba llena de bailarinas borrachas que escuchaban cada lisonjería que le podíamos decir. Hombres y mujeres vivían una gran algarabía, pero de la cual yo no era partícipe.

Anzhela La Mort de Danseur Illieva estaba a mi lado, pero no reía conmigo. Charlaba con todos y me exhortaba a revelarle mi amor a Grecia La Tornade Thompson, sin que ella pudiese devolverme la atención que yo le estaba dando. De todas las mujeres que conocí ella era la única a la que jamás se me había pasado por la mente asesinar. Pero eso no lo sabía Julián que me observaba de soslayo cada cierto tiempo, luego de limpiarse la espuma de cerveza con la manga y pasar sus dedos por sobre su cuchillo clavado en la mesa. Me acercaba a cada momento a La Mort de Danseur y le decía cosas al oído, pero ella no reaccionaba.

– ¡Vamos a llamar a La Tornade! – gritó Anzhela.

– ¿Qué? – dije – ¿Quién la va a traer?

– Hace un rato mandé a traerla – dijo Alec extendiendo el brazo como un camarero dispuesto a al orden. Acto seguido apareció volando un ave metálica, de esas que Alec tenía por costumbre usar. El ave llevaba un papel en el pico que su dueño recogió y leyó sonriendo hacia mí. – El carruaje llegará en cinco minutos.

– ¡Tendrás que pagar una ronda, Perrito! – gritaron las chicas – ¡Habíamos apostado contigo a que no venía!

Había arribado de la manera más provocativa que había podido conseguir: encajes colorados con detalles negros en su corsé, un sombrerito de plumas y un pequeño velo negro. En cuanto llegó la gente se apartó para darle cabida, mientras avanzaba hacia nosotros ondeando sus largos cabellos negros y contoneándose más de la cuenta. Si tenía que degollar mujer alguna, ella era la indicada de la noche.

Luego de las presentaciones de rigor, el espectáculo con las bailarinas comenzó. Las damas que nos acompañaban estaban de asueto, por lo que no tenían la obligación de subir al escenario, pero todas ellas se lanzaron a la pista llevándonos a formar parte del jolgorio. Aproveché la ocasión y me llevé a La Tornade a una esquina solitaria, por mi cabeza deambulaba la idea de matarla allí mismo, pero en ese momento mis pensamientos también eran ocupados por La Mort de Danseur que en ese momento se reía con Julián. No mataba hombres, pero en su caso podía hacer una excepción.

– ¿Es inminente su partida Mister Copswaft?

– Sabes que me puedes llamar Giles, mi niña – dije yo, mirándola con acecho. Sabía que le gustaba, sólo que aún no me decidía como matarla.

– La última vez que nos vimos dijiste que me llevarías – dijo llevándose un dedo a la boca. Lo recuerdo: fue salvada por un par de mujerzuelas entrometidas.

– Tienes que quedarte hasta el final de la velada, para averiguarlo.

Ella asintió mirándome.

– Entonces te quedarás hasta mañana conmigo.

– ¡Sí! – gritó y me abrazó. Es una falla mía, pero en esos pequeños y efímeros instantes me dejo llevar por la emoción y planifico de manera desordenada todo lo que voy a hacer. La única duda que tenía era acerca de que baratija podía servirme de ella, para luego de degollarla, tener algo que me recuerde su belleza.

Cuando volvimos a nuestra mesa, ya nuestros compañeros de tertulia estaban muy avanzados en tragos. Alec me abrazó y me gritó en la cara:

– ¡Te dije que te la traería! O ¡¿No?!

– Dime, Perro Loco, jamás te había preguntado esto, pero ahora que no creo que volvamos a vernos tengo que saberlo.

– Dilo Giles. Dilo.

– Tú no eres un gran genio inventor, sin embargo en todos los trabajos que hemos realizado, hemos tenido el apoyo de todos tus artilugios mecánicos y no dudas en usar tus juguetes para hacer las cosas más simples, como por ejemplo traer a esta mujer sólo por el hecho de hacerlo.

– Es simple mi querido amigo. Primero, nadie se mete conmigo porque saben que ustedes trabajan para mí, saben que tengo el mejor arsenal y se imaginan que puedo tener mucho más…

– ¿Cómo es que tienes tanto? No puedes haber robado tanto, cuando te conocimos tenías unos pocos artefactos y sé que cada vez sacas nuevos modelos.

– Te voy a contar un secreto. Tengo a un tipo encerrado en mi sótano. Lo encontré casi por casualidad en un pequeño asalto que hice a una casona. Me dijo que era un hombre de ciencia y le creí al ver tantos cachivaches con ruedas, tuercas y tuberías con vapor de agua saliendo por todas partes dentro de su casa. Así que se me ocurrió esto. Secuestrarlo y obligarlo a crear las cosas que se me ocurrieran. Yo ponía el arte y él hacía realidad mis sueños. Luego los fui reuniendo a todos ustedes.

– ¿Pero que pasa si por ventura él crea un aparato para escapar allí y matarte en venganza por tanta tortura? – yo lo haría y sería lentamente. También haría una excepción en Alec, si es que me hiciera eso.

– ¿Por quién me tomas, muchacho? Cada vez que yo no estoy lo encierro en una celda con agua y comida y siempre he estado presente, armado, en cada momento de su trabajo.

– Me parece una sandez y una temeridad. No puedes tener la certeza de que un día te canses y no lo vigiles por un momento. – Alec arrugó la cara y aprobó con los ojos somnolientos.

– Pero… – habló con su aliento a licor, pero ya no tenía ganas de oírlo y proseguí:

– Dices que lo tienes desde antes de conocernos. Es decir que el pobre diablo debe llevar más de un año allí. Quizá dos. Si no es impertinencia ¿Dónde lo tienes?

– ¡Aquí! – dijo Alec cabeceando y riendo sin mirar mi cara – Es el lugar más seguro que existe.

No existía lugar seguro. Al menos de eso era lo que nosotros nos encargábamos. Pero su enunciado me sonó más a un llamado que a la afirmación jactanciosa que acababa de lanzar. Y el tiempo me dio la razón.

Dejé al borracho intentado abrir una botella con los dientes y me acerqué a Anzhela. La saludé y le pregunté si me iba a echar de menos. Ella me respondió una generalidad.

– No tendrás quien te coquetee – le dije.

– No lo necesito, caballero. Además, soy de las mujeres que pueden conseguir lo que sea.

En esos casos sólo queda sonreír. Giré la vista y La Tornade estaba como una mosca en la telaraña del pequeño y libidinoso Jumbo. No me importaba. Las lamparillas aún tenían mucho aceite y la luna iba a estar en el firmamento durante mucho tiempo más. Fui a mear por la puerta trasera. Pero no había terminado de hacer mis asuntos cuando escuché un gran barullo. Sabía de peleas que se daban en este mugriento cabaret, pero sonaba más como si hubieran partido una mesa en dos. Las mujeres comenzaron a gritar espantadas y los balazos se dejaron oír por montón. El rumor era como si alguna extraña fuerza estuviera avanzando poco a poco dentro del local.

Entré corriendo. Por momento me detuve, ya que no tenía arma alguna, pero tuve miedo por La Mort de Danseur y La Tornade. A la primera tenía que siquiera hacerle saber mi amor y a la segunda tenía que degollar. Es difícil conseguir una presa tan entrada la noche. Bueno, una presa en las condiciones que más acostumbro.

Así que entre los gritos de hombres y mujeres, sonidos de carne aplastada y disparos me acerqué despacio escondido detrás de una pared. Era la maquinaria más increíble que alguna vez podía haber visto en mi vida.

Ahora que lo recuerdo, me viene a la mente un elefante africano dentro de una pequeña cabaña. Era una máquina a todas luces, pero se movía como una criatura torpe y sin control. Describirlo sería algo así: tenía la cabeza y el cuerpo como un ferrocarril, con varios tubos por encima expulsando sendas columnas de humo negro que salían por encima del techo derrumbado. Tenía cuatro patas delanteras que eran una mezcla de cilindros de asbesto con ruedas dentadas, mientras que por detrás se sostenía en grandes ruedas de madera gruesa y tallada de forma muy tosca. Las ruedas estaban bañadas en sangre y llevaban colgando jirones de carne o tripas. Y por encima de su cabeza habían múltiples látigos que terminaban en garfios de metal, estos látigos eran tan largos que eran lanzados continuamente (impulsados por algún mecanismo que expulsaba vapor en el proceso) y luego eran recogidos por otro mecanismo que jalaba (mediante una larga correa de cuero) un pequeño gancho que liberaba el garfio.

El humo del armatoste inundaba todo el Le Chat Metalliqué y no pude ver si entre los muertos estaban Anzhela o La Tornade. Era lamentable, perder amor y un trofeo más, una deliciosa víctima de mi cuchillo, y su collar como el recuerdo para mis noches solitarias. Casi grito de amargura por aquella belleza arrebatada de mis manos, como agua escurriéndose de mi palma. Pero mientras me detuve a pensar, no me percaté que yo era uno de los últimos sobrevivientes de la masacre, por no decir el único que podía ver. Y enfrente de mí, a cinco metros de distancia estaba el monstruo mirándome, si es que una creación tan horrenda puede mirar sin ojos.

Giré rápidamente y salté hacia la puerta trasera, mientras el aparato destruía todo a su paso. Salí del cabaret y salté sobre los charcos que estaban detrás del local. No bien había salido, cuando un estruendo me sobresaltó, haciéndome voltear hacia mis espaldas. La máquina había atravesado la pared y parecía buscarme. Esquivé varios de los latigazos sin saber qué hacer y corrí hacía la calle más cercana. No miré hacia atrás y me encontraba un poco mareado y desorientado, así que la nave con los caballos metálicos del Perro Loco me tomaron por sorpresa.

– ¡Sube si aprecias tu vida! – me dijo.

Salté hacia el carruaje en marcha y partimos. En el trayecto vimos como varias escuadras de la policía se dirigían al lugar.

– Lo he perdido Giles – lloraba Alec – lo he perdido. Todo se ha quedado allí. Lo único que he podido rescatar es esto y, bueno, a esta bella criatura.

La Tornadeestaba allí, en el asiento del copiloto. Me relajé tumbándome en el sillón de cuero, mientras escuchaba los lamentos del pobre diablo y pensaba cómo hacer para deshacerme de él.

– Disculpa que te lo diga Giles – sollozaba el Perro Loco – pero sólo te he salvado de aquel bestia. ¿Ahora dónde te voy a dejar?

– Alec, ya hemos salido del pueblo. Si me dejas aquí en el camino, estaré a merced de cualquier desgracia. ¿A dónde vas a llevar a Grecia?

– Llévame a la posada Ruiseñor, por favor Perrito. – dijo ella aprovechándose de su coquetería.

– Ya, entonces llévame a mí también allí – dije yo sonriendo de oreja a oreja, pero nadie lo notó debido a la oscuridad total dentro de la nave.

Alec no contestó. Calló durante todo el camino y jamás vimos la posada. Llegamos al frente de unas casonas viejas y malolientes.

– Esta es otra casa que tengo – dijo – Yo me quedo aquí y Grecia también.

– ¿Me vas a botar como si fuera un perro sarnoso?

– Tienes que irte Giles, yo tengo que dormir y Grecia también.

Lo dijo pero no hizo nada más. Sabía que yo era más hábil que él en una pelea cuerpo a cuerpo ya que ambos estábamos desarmados. Sólo podía esperar mi buena voluntad.

– Entonces nos quedaremos hasta el amanecer. No puedo salir de esta manera.

Ubicado en el asiento de atrás comencé a juguetear con La Tornade. Cuando comenzaba a pensar en la idea de matarlos a los dos con mis propias manos, Alec sentenció:

– Acabo de mandar un pájaro. O te vas o vendrán a sacarte.

Me rei. Conocía a ese viejo mentecato tanto como para saber que era una farsa. Así que seguía en la trifulca entre mis manos y el cuerpo de Grecia; y ella había apostado a favor de mis manos. Así pasaron las horas.

A la tercera cabeceada de Alec me decidí. Desaté un cordón de mis zapatos y…

Se abrió la puerta y me sacaron a empellones. Era Jumbo. El pequeño bribón estaba armado y me subió a un carruaje. El Perro no había mentido y yo había terminado perdido en medio de la noche y en medio de la nada. Pero eso ya es otra historia.

– No te creo. ¿Todo eso es verdad? Si es así, me asustas un poquito.

– Nah. Siempre se me ocurren historias así luego de hacer el amor. Por cierto ¿siempre lo haces con esos aretes tan bonitos?

Concurso de cuentos retrofuturistas – 2do Puesto – La promesa cumplida – por Liliana Celeste Flores Vega

Caía la tarde en el Puerto de Southampton. El señor Lowell, un anciano veterano de guerra que lucía con orgullo su pierna artificial de madera y engranajes de bronce, contemplaba el mar con un catalejo cuyo juego de lentes de aumento le permitían divisar el barco que había zarpado una hora atrás… a bordo iban su hijo Williams y su esposa Cecilia rumbo a España.

El señor Lowell guardó su catalejo y encendió un puro. Cecilia no le agradaba como esposa para su hijo. Recordó la primera vez que Williams la invitó a tomar el té, de primera impresión no le gustó ésa mujer que se presentó vestida con una falda marrón recogida bajo la cual se veían unos pantalones de cuero y botas largas, un corset y una blusa de encaje que dejaba demasiado a la vista. Era hermosa, su larga cabellera oscura contrastaba con sus ojos verdes y su piel pálida… el ingenuo Williams había quedado prendado de su belleza indómita.

Durante aquella tertulia Williams le contó a su padre como conoció a Cecilia. Williams trabajaba en el Casino que antaño le había pertenecido a la familia, los reveses de la fortuna hicieron que el señor Lowell lo vendiera en un contrato privado al señor Umbert, éste conocedor del prestigio del apellido Lowell no cambió el nombre del establecimiento y permitió que Williams se mantuviera como administrador del mismo además de presentarse algunas noches tocando el piano con lo que ganaba un dinero extra.

Williams le contó a su padre que unas noches atrás, terminado su espectáculo, tomó unos tragos de más e instigado por sus amigos se puso a jugar póker. Le estaba yendo bastante mal frente a un hombre que llevaba un curioso monóculo, había perdido una considerable suma de dinero y obnubilado por la bebida cometió el error de seguir jugando apostando el medallón de oro que llevaba al cuello, único recuerdo que conservaba de su madre fallecida… finalmente perdió y el hombre recogía sus ganancias cuando Cecilia se levantó del rincón desde donde contemplaba a los jugadores, se acercó a la mesa trastabillando aparentemente ebria, fingió tropezarse y en el momento que el hombre intentó evitarle la caída sacó un puñal de su corset y se lo puso al cuello obligándolo a confesar que hizo trampa viendo las cartas de Williams gracias al artilugio que llevaba, un monóculo con un complicado juego de espejos. El hombre entregó las ganancias mal habidas y le permitieron marcharse. Para Williams Cecilia era una heroína pero el señor Lowell, no confiaba en una mujer que frecuentaba los casinos llevando un puñal escondido en su corset.

Cecilia le contó que provenía de una familia que se dedicaba al negocio de los bienes raíces pero desafortunadamente por la mala administración cayeron en la miseria y actualmente se dedicaba a la exportación de perfumes. El señor Lowell reconoció que Cecilia además de hermosa era culta, sin duda había recibido una excelente educación, tal vez no mentía sobre sus orígenes… también era intrépida, astuta y decidida… ése era el problema, a leguas se veía que su negocio era el encubrimiento de actividades ilícitas. Esperó no volver a verla pero lamentablemente Williams se enamoró de ella. Una noche durante la cena aprovechó que Williams se ausentó un momento de la mesa para decirle a Cecilia que el Casino no les pertenecía y que Williams sólo trabajaba allí… esperaba que hecha ésa aclaración la cazafortunas emprendiera la retirada pero tres semanas después Williams le anunció su compromiso con ella y posteriormente se casaron.

Empezó a llover, el señor Lowell ajustó su levita gris y emprendió el camino de regreso a su casa deseando que Cecilia fuera una buena esposa a pesar de su historial… el amor puede obrar milagros, él lo sabía… se alejó del puerto recordando a Isabella, su finada esposa, ella también había sido una aventurera pero se enmendó cuando se casaron y llegó a convertirse en una respetada dama de sociedad, ni Williams conocía el oscuro pasado de su madre.

 

En el barco que se encontraba en altamar, el capitán organizó una fiesta e invitó a Williams a amenizarla tocando el piano, él aceptó a pesar que Cecilia le dijo que se quedaría en el camarote porque le dolía la cabeza. Williams tocaba el Claro de Luna de Beethoven mientras los pasajeros cenaban cuando una serie de explosiones en cubierta estremeció a todos. Seis hombres entraron armados con pistolas modificadas capaces de disparar varias balas al mismo tiempo, de inmediato se hicieron dueños del barco. Un hombre sujetó a Williams quien angustiado sólo pensaba en Cecilia que había quedado en el camarote… entonces la puerta volvió a abrirse y ella entró con un hombre alto y fornido de cabello ceniciento y ojos negros con una cicatriz que le partía el labio inferior hasta el mentón, éste llevaba maniatado al capitán. Williams reconoció al hombre que le había jugado sucio en el Casino aunque no llevara su extraño monóculo. Cecilia calmó a los asustados pasajeros diciéndoles que sólo les interesaba el barco y los liberarían en los botes salvavidas, luego se acercó a Williams.

– ¿Cómo pudiste hacer esto? – le espetó Williams, la rabia y el desconcierto rutilaban en sus ojos azules – ¿Desde un principio estabas confabulada con éste despreciable hombre?

El hombre aludido le arrancó el medallón de oro con tanta violencia que le cortó el cuello con la fricción de la cadena.

– ¡Rupert, no es necesario que seas tan brusco! – exclamó Cecilia.

– Supongo que éste hombre es tu amante – le reclamó Williams a Cecilia – ¡Me has traicionado y te has burlado del amor que te profeso!

– Todo lo contrario, petimetre de salón – dijo Rupert con desprecio, detestaba a Williams porque deseaba a Cecilia y estaba seguro que de no haberlo conocido ella hubiera terminado aceptando sus cortejos – Cecilia estuvo a punto de traicionarnos a nosotros porque se enamoró de ti… pero encontramos la manera de conseguir lo que queremos y quedemos todos felices.

Entre los pasajeros se encontraba un canciller y su esposa quienes fueron tomados como rehenes, Rupert le dijo al capitán que si él y la tripulación obedecían sus órdenes no derramarían sangre. Luego ordenó a sus hombres que se ocuparan de los pasajeros poniéndolos con sus pertenencias en los botes salvavidas a primera hora de la mañana cuando divisaran un barco que pudiera recogerlos. Después se dirigió a un camarote con Cecilia y Williams.

– Mi amor, permíteme que te lo explique – le dijo Cecilia a su desconcertado esposo – hace muchos años atrás mi madre y su amiga robaron las arcas de un monasterio en Galicia y encontraron las pistas que las llevaría a un tesoro que unos piratas le arrebataron a un barco que se dirigía a España procedente de Las Indias y enterraron en una de las islas Shetland. Buscaron socios que quisieran participar de la aventura pero su amiga conoció a un caballero extranjero y se casó con él llevándose las pistas de la ubicación de la isla. Mi madre esperó que su amiga se contactara con ella, meses después recibió una carta en la que su amiga le informaba que estaba esperando un bebé y había decidido dejar su vida aventurera para formar una familia respetable, mi madre respetó su decisión. Mi madre conoció a mi padre y juntos iniciaron un rentable negocio de tráfico de psicotrópicos usando como fachada la exportación de perfumes. Lamentablemente hace cinco años mi padre fue capturado y condenado a veinte años de prisión, mi madre y yo pudimos huir con la ayuda de Rupert y llegamos a Inglaterra a bordo de un barco mercante, ni siquiera en ésa situación desesperada mi madre buscó a su antigua amiga, nos la arreglamos para continuar con el negocio aunque no obtuvimos las mismas ganancias. Hace dos años mi madre falleció y leí en su diario la historia del fabuloso tesoro enterrado. Rupert y yo acordamos dividirnos el tesoro, él rastreó el paradero actual de la amiga de mi madre para exigirle que le entregara aquellas pistas pero ella había fallecido.

– Sigo sin entender – dijo Williams.

– La amiga de mi madre era Isabella, tu madre – respondió Cecilia removiéndole el piso a Williams quien desconocía el azaroso pasado de su progenitora – las coordenadas de la ubicación exacta de la isla se encuentran grabadas en el interior del medallón que conservabas como recuerdo. Rupert y yo llevamos un año siguiendo a tu padre buscando la manera de recuperarlo.

– ¡Entonces lo único que querías de mi era ése medallón! – exclamó Williams.

– Si que eres tonto – masculló Rupert – recordarás que pude quedármelo la vez que jugamos póker pero Cecilia se entrometió, ella ha tenido muchas oportunidades de sustraértelo pero se empecinó en que como hijo de Isabella te correspondía una parte del tesoro.

– Perdóname por no contártelo antes – dijo Cecilia – sabía que tu honestidad no te permitiría participar en ésta aventura a menos que te vieras forzado. Pude robarte el medallón y marcharme con Rupert para buscar el tesoro pero te amo y no quería abandonarte. Necesitábamos un barco, ahora lo tenemos y estás involucrado, planeamos empezar una nueva vida en América… pero si te he decepcionado y ya no me amas puedes marcharte mañana con los pasajeros.

– Entonces mis opciones son abordar un bote salvavidas y no volver a verte o unirme a vuestra búsqueda del tesoro y empezar una vida juntos en tierras lejanas – dijo Williams, Cecilia asintió – no necesito pensarlo, te amo y no podría vivir sin ti. Me uno a la expedición pero prométanme que luego de encontrar el tesoro liberarán a los rehenes.

– Cecilia tampoco aprobaría una carnicería innecesaria – dijo Rupert – tienes mi palabra que los liberaremos sanos y salvos. Necesitamos al capitán y su tripulación para maniobrar el barco hasta las islas Shetland, haremos una parada en las islas Feroe por provisiones, viajaremos hasta Islandia… allí los dejaremos, cambiaremos de barco, contrataremos marineros y seguiremos hasta Terranova donde si lo desean nos separaremos y podrán continuar vuestro viaje al sur.

Rupert salió del camarote llevándose el medallón. Williams tomó a Cecilia entre sus brazos y la besó apasionadamente. Seguramente no volvería a ver a su padre pero no podía abandonar a su adorable aventurera… además no le disgustaba del todo la arriesgada empresa, después de todo la sangre de la audaz Isabella corría por sus venas.

 

Rayando el alba divisaron en lontananza un barco mercante, liberaron a los pasajeros a bordo de los botes salvavidas y navegaron rumbo a las islas Shetland. Rupert ordenó a sus hombres que pintaran la proa del barco y le cambiaran el nombre.

Tras varios días de apacible navegación, que Cecilia y Williams disfrutaron como luna de miel, llegaron a las islas Shetland. La señalada era una pequeña isla habitada por unos pescadores, los hombres de Rupert los amedrentaron fácilmente con sus armas. Cecilia conservaba el pergamino que indicaba como sortear las trampas colocadas en la cueva que albergaba el tesoro, su madre se quedó con él mientras Isabella conservó el medallón con la promesa que algún día buscarían el tesoro… promesa que ahora cumplían los hijos de aquellas audaces mujeres que tenían un lugar ganado entre las grandes embaucadoras de las tierras españolas.

La entrada de la cueva estaba protegida por una gran piedra que removieron con facilidad gracias a las indicaciones del pergamino que explicaba como manipular el artilugio de pesas y engranajes que se activaba con una palanca oculta. El tesoro consistía en una considerable cantidad de barras de oro que se apresuraron a transportar al barco, acomodaron el valioso cargamento en la bodega y partieron. En altamar celebraron en la cubierta abriendo un tonel de vino que bebieron contemplando las luces norteñas.

Hicieron una parada en las islas Feroe donde el telégrafo llevó la noticia que días atrás un barco mercante rescató de las aguas del Mar del Norte a los pasajeros de un crucero tomado por piratas y la armada naval inglesa estaba buscándolos. Consiguieron provisiones, evaluaron la situación y decidieron dirigirse a Noruega… Cecilia y Williams desembarcarían en Trondheim, Rupert y sus hombres se arriesgarían continuando la travesía hasta Terranova. Se hicieron a la mar pero los problemas surgieron al momento de dividir el tesoro.

– Williams también tiene derecho al tesoro, lo dividiremos en tres partes – dijo Cecilia.

– ¡Eso es una burla! – rugió Rupert dando un puñetazo sobre la mesa – acordamos dividirlo mitad y mitad, el mequetrefe no se ha ganado una parte.

– Acordamos dividirlo en partes iguales – dijo Cecilia – el medallón le pertenecía a Williams.

– Y yo lo tenía en mis manos cuando se te ocurrió entrometerte – respondió Rupert – reclamo la mitad, comparte tu mitad con él.

Rupert abandonó el camarote y subió a cubierta. Había entrado al servicio del padre de Cecilia cuando ella tenía dieciséis años, era uno de sus mejores sicarios, no pudo evitar que su jefe fuera capturado pero puso a salvo a su esposa e hija… y ésa muchacha malcriada pagaba su devoción enamorándose del inglesito afeminado.

Mientras tanto Williams, quien permaneció callado durante la discusión, convenció a Cecilia que Rupert se merecía la mitad del tesoro porque los dejaría a salvo en Trondheim exponiéndose como carnada a la armada naval inglesa. Cecilia subió a cubierta para hablar con Rupert y lo encontró bebiendo ron.

– Williams me hizo entender que te mereces la mitad del tesoro – dijo Cecilia abrazando a Rupert con gesto reconciliador – haz hecho mucho por mi familia, te quiero y deseo que cuando nos dejes en Trondheim nos despidamos como amigos.

– También te quiero – dijo Rupert sin soltarla – los dejaré a salvo pero antes me cobraré algo que también me merezco.

Rupert besó a Cecilia a la fuerza e iba a ultrajarla cuando Williams lo golpeó con la botella de ron en la nuca… Rupert trastabilló pero era recio, le propinó un puñetazo a Williams haciéndolo caer sentado y lo remató con una brutal patada en el estómago… Cecilia arremetió contra Rupert pero él la tumbó con un empujón.

– ¡No toques a mi esposa! – exclamó Williams.

Rupert lo arrastró obligándolo a inclinarse sobre la baranda.

– Entonces tomarás el lugar de tu esposa – dijo Rupert bajándole los pantalones.

Williams fingió someterse pero cuando Rupert bajó la guardia le clavó un puñal entre las costillas y Cecilia ayudó a arrojarlo sobre la borda. Los hombres de Rupert acudieron por el alboroto, uno de ellos llevaba una pistola y apuntó a Williams exigiéndole a Cecilia que les entregara el tesoro a cambio de la vida de su esposo… pero Cecilia había tenido tiempo de hacerse de un lanzallamas y no vaciló en incinerar al facineroso. Los demás quedaron conformes con dividirse la mitad que le tocaba a Rupert.

Cecilia y Williams desembarcaron en Trondheim con la mitad del tesoro. Lo que sucedió con los cinco hombres de Rupert, el capitán, la tripulación y los rehenes es otra historia.

Concurso de cuentos retrofuturistas – 3er Puesto – Contra los trípodes – por Rubén Mesías Cornejo

  1. La intervención marciana.

En 1916, la penosa guerra de trincheras que se libraba en el Frente Occidental acabó abruptamente, de golpe el ejército franco-británico que llevaba dos años sosteniendo un sangriento pulso contra las tropas alemanas desparramadas por toda la esquina noroeste de Francia, fueron completamente aniquiladas, y no precisamente por obra de alguna gigantesca batalla de desgaste como la librada en Verdún.

La causa de la derrota franco-británica procedía de algo que ninguno de los servicios secretos en pugna hubiera podido averiguar, pues investigaciones, es más podría decirse estaba completamente fuera de las variables que cualquier agente habría podido considerar porque normalmente ninguno de ellos miraba al espacio como una fuente de peligros. Así pues aquello que terminó barriendo a las valientes tropas de la Entente procedía del cosmos, en concreto del cuarto planeta del Sistema Solar, un mundo rojo que recibió el nombre del dios romano de la guerra por parte de la ciencia astronómica.

El desastre aliado comenzó de noche, precisamente mientras su artillería estaba machacando una y otra vez las posiciones alemanas situadas más allá de la Tierra de Nadie. Sin duda, aquel ruido atosigante y ensordecedor, marcaba el límite entre el valor y el miedo de aquellos miles de hombres que pronto abandonarían el abrigo de sus trincheras para correr hacia la muerte, encarnada en las balas que las ametralladoras alemanas dispararían contra ellos, ese hubiera sido el destino que les estaba reservado cuando los cilindros marcianos empezaron a caer profusamente del cielo como si fueran grandes bombas arrojadas furtivamente sobre aquella zona aparentemente a salvo, a raíz de esto los artilleros se olvidaron de seguir abasteciendo los cañones con munición, suscitando una vasta pausa de silencio en medio del pandemonio reinante.

¿Sería posible que la aviación alemana estuviera bombardeando la retaguardia por medio de esos gigantescos biplanos bimotores que se habían estrenado operativamente en Rusia y en los Balcanes?

A falta de una idea mejor, los artilleros tomaron esta por buena y reaccionaron de distinta manera ante el hecho consumado, algunos pusieron pies en polvorosa, y otros asumieron una actitud más digna y valiente, echándose un fusil a la cara para abrir fuego contra aquellas cosas que seguían lloviendo del cielo nocturno, y aunque todos esperaban que los cilindros terminaran explotando, esto no pasó; más bien su morro cónico se hundió en el suelo, formando un cráter no demasiado profundo a su alrededor: solo en ese momento todos se dieron cuenta de que esos cilindros no se parecían para nada a las bombas que empleaba la aviación imperial alemana, amén de no tener el color azulado que caracterizada a las mismas, por el contrario los cilindros tenían un color plateado brillante que hacía recordar un poco el que tienen las balas de un revólver, y no faltó quien le hiciera notar esto a los demás , generando la especulación de que esas cosas hubieran sido disparadas por una especie de super cañón camuflado en las inmediaciones.

Espoleados por la curiosidad los soldados se olvidaron de la tensión y se acercaron a uno de los cráteres recién excavados por aquellos cilindros de procedencia desconocida, sus ojos miraban esas cosas con una mezcla de respeto y miedo nacida precisamente de aquel origen ignoto que no acertaban a descifrar pues ya se había difundido la especie de que esos objetos no procedían de ninguna fábrica alemana; entonces alguien percibió que uno de los cilindros parecía temblar, como si algo atrapado en su interior pretendiera abandonar el estrechísimo espacio en el que seguramente se cobijaba, y dio la voz de alerta para que todos estuvieran listos a repeler una posible agresión por parte de lo que estuviera adentro.

En ese instante, la tapa que remataba la parte del cilindro que permanecía expuesta a la curiosidad de los soldados, salió expulsada violentamente hacia atrás, provocando que varios se echaran al suelo para evitar ser impactados; en eso una especie de capucha metálica, de forma triangular, emergió abruptamente hacia el exterior, asombrando a todos con la disposición de sus rasgos faciales; podría decirse que era como la cara de un cíclope sin nariz, cuya boca tenía tentáculos en vez de dientes, sin embargo el asombro no estaba completo, pues a esa “cabeza”, por así decirlo, le faltaban sus extremidades y estas surgieron pronto de su encierro: eran tres patas metálicas, delgadas pero bastante robustas, que cuando se desplegaron por entero hicieron que esa capucha se elevase a una altura realmente prodigiosa desde la cual podía divisar a los soldados que estaban a su alrededor como una horda de minúsculas hormigas que susceptibles de ser pisoteadas si acaso le entraba el antojo de hacerlo.

Y casi al mismo tiempo que ocurría esta especie de apoteosis, otras más estaban ocurriendo por los alrededores confiriendo superioridad numérica a esas extrañas máquinas gigantes que una vez erguidas empezaron a pasearse por toda la retaguardia desparramando un pavoroso rayo de fuego que calcinó a quienes osaron disparar sus fusiles contra ellos, mientras tanto otras máquinas marcianas se dedicaban a perseguir a los que huían despavoridos con el fin de capturarlos y beberse su sangre.

De ese modo se inició la descomposición de las fuerzas franco-británicas, y los trípodes marcianos tuvieron el camino libre para asolar París, mientras los británicos decidían retirar sus fuerzas de Francia para proteger su propio territorio de un posible desembarco marciano, el cual se produjo semanas después de la irrupción alienígena en Francia.

Desde el otro lado del frente, los germanos contemplaron la cruel masacre que los marcianos perpetraron contra sus oponentes con evidente espanto, por un lado sentían que nacía la esperanza de un posible retorno a sus hogares después de haber pasado dos años metidos en aquellas trincheras, aunque lo más factible sería que el Alto Mando considerase que permanecieran ahí para enfrentar la amenaza potencial de aquel enemigo inhumano que sin duda pretendería avanzar hacia el sagrado suelo del Reich.

  1. Alemania se dispone a resistir.

Mi nombre es Kurt y fui abatido por el fuego francés durante la intensa serie de ataques y contrataques que se sucedieron en torno a las fortificaciones de Verdún, afortunadamente un equipo de sonderkommandos recuperó mi cuerpo, junto al de otros camaradas, y así los sabios de mi patria dispusieron de la materia prima para experimentar una tecnología nueva y portentosa que me devolvió la vida. Ahora de nuevo me encuentro en la brega, cierto que no soy el mismo de antes; un brazo protésico y una máscara facial remplazan aquello que perdí durante la batalla, pero al menos estoy satisfecho de seguir vistiendo el uniforme de las Sturmtruppen del Ejército Imperial. Los marcianos han liquidado a los franceses y echado a los tommies fuera del continente, y son como un rodillo imparable que ahora se dirige contra nosotros; pues para ellos no somos ingleses, franceses o alemanes, sino simples criaturas bípedas con un cierto grado de inteligencia a las que tiene que dar caza para proveerse de sangre. La oleada marciana ha barrido con todas nuestras tropas aventuradas en Bélgica y el norte de Francia. Ahora luchamos en Alsacia, e intentamos evitar que estos horribles vampiros mecánicos continúen avanzando hacia el corazón del Reich.

El general Falkenheyn está convencido que las Sturmtruppen conseguirán detener a los gigantescos trípodes marcianos mediante una combinación de las nuevas tecnologías bélicas que se han ido desarrollando durante estos dos años de guerra; por tierra dispondremos de máquinas de guerra fuertemente artillados, los cuales atacaran junto a nuestros nuevos monoplanos metálicos provistos de lanzallamas alojados , a modo de cañones, en el interior de sus alas; algunos tripularemos las máquinas terrestres, y se valdrán de los cañones para quebrantar las articulaciones metálicas que permiten a esas extrañas carlingas avanzar dando grandes zancadas, cual botas de siete suelas , otros (entre quienes me encuentro) tripularemos los Junkers cuyos lanzallamas quemarán las carlingas donde se ocultan estos declarados enemigos de la humanidad.

Los valientes pilotos de los biplanos de reconocimiento se han arriesgado mucho para obtener las fotografías que nos han provisto de esta valiosa información, y algunos perecieron dentro de sus frágiles máquinas, calcinados por la terrible arma conocida como el Rayo Ardiente, cuyo generador se encuentra albergado dentro del “ojo” de la carlinga.

El día del ataque ha llegado, y confiamos en que tendrá éxito pues enfrentaremos nuestras mejores máquinas contra estos monstruosos ingenios extraterrestres, además esta batalla no será como aquellas que libramos contra los franco-ingleses, esta vez no tendremos que cortar alambradas, ni superar ninguna tierra de nadie, para luchar cuerpo contra los acérrimos defensores de una trinchera vencida, pues los marcianos no combaten de ese modo; y hasta el momento no se han enfrentado más que con divisiones de infantería desconcertadas y provistas de fusiles y ametralladoras. Los cañones de campaña se han revelado un poco más eficaces pero los marcianos continúan efectuando sus desembarcos verticales a nuestras espaldas, y los esporádicos triunfos de la artillería no compensan las miles de bajas que hemos sufrido, amén de los prisioneros que nutren su despensa de sangre joven y fresca.

Los marcianos avanzan, son visibles desde la tierra como esos globos cautivos que sirven como puestos de observación para dirigir el tiro de la artillería, con la diferencia de que no permanecen estáticos sino en movimiento. Se decide que las máquinas de guerra encabecen la primera oleada de ataque contra los trípodes en medio de esta comarca desolada por las viejas batallas que antaño la escarnecieron; pero esta vez los marcianos no han marchado solos, les precede una nutrida formación de cerradas de soldados harapientos que visten los uniformes de las naciones que han osado enfrentarse a ellos, se divisan cascos alemanes, franceses, ingleses; los infelices tiene la mirada ida y corren hacia las máquinas de guerra con los fusiles dispuestos para el combate cuerpo a cuerpo, mientras gritan al unísono, como enardecidos con la furia de un solo hombre, al parecer no les infunde miedo el aspecto de las máquinas que tripulan mis camaradas.

Son grandes cajas blindadas que tienen el majestuoso aspecto de una fortaleza erizada de cañones por todas partes como un navío de superficie, en sí hablamos de una plataforma de artillería semoviente que se desplaza sobre grandes orugas que aplastan el suelo.

Los conductores detienen sus máquinas a la espera de órdenes, mientras esa masa ingente continúa aproximándose. Los conductores, preguntan por radio, que hacer, y reciben una respuesta lapidaria de boca del mismo Falkenheyn.

— ¡Continúen! ¡La artillería de campaña se encargará de eliminar el estorbo!—bramó el general a través de las radios instaladas en los carros.

Y estos cañones abrieron fuego causando estragos entre aquellas mesnadas de controlados que avanzaban en formación cerrada contra nuestras máquinas de guerra escoltando los trípodes que avanzaban tras ellos como una legión de titanes cuyas partes metálicas resplandecen, de modo extraño, bajo el sol matutino.

Ahora nuestras máquinas entran en la lid, y los cañones montados en ellos, empiezan a disparar contra los trípodes; pero lo hacen erráticamente como si los artilleros no hubieran calculado bien la trayectoria de tiro de los proyectiles.

La ira de Falkenheyn es tremenda y ordena que los Junkers despeguen. Yo soy el piloto de uno de esos bruñidos monoplanos que ahora encienden sus motores, antes de carretear y elevarse para alcanzar la altura necesaria para disparar potentes chorros de fuego contra el centro nervioso del trípode, vale decir la sede del cerebro marciano.

Volamos en formación abierta, y en cuanto divisamos la hilera de trípodes en marcha, cada uno elige cual atacar y nos dispersamos para poder atacarlos con mayor eficacia. Mi monoplano acelera, y vuela haciendo espirales antes de atacar, ahora divisó la carlinga enemiga, y me figuro una siniestra capucha de verdugo, grande e imponente, como hecha para amedrentarme; mientras tanto su único “ojo” empieza a resplandecer como aprestándose a disparar contra mí, pero no lo hace.

Por un instante aquel destello me ciega, haciéndome perder el control de mi avión, pero todo eso resulta pasajero y vuelvo a tener consciencia de la importancia de la misión.

Ignoro si aquel marciano sabrá lo que es la piedad, o sí la habrá tenido conmigo, pero no le daré tiempo de averiguarlo. Mi avión desciende un poco, y enrumba hacia la “boca” de la carlinga, ahí donde penden los tentáculos de la bestia extraterrestre que conduce el trípode, debo acercarme más para que las llamaradas de los flammenwerfer instalados en los bordes de ataque de mi monoplano puedan quemar aquella maldita carne alienígena.

El “ojo” del marciano resplandece otra vez, es como el guiño de un heliógrafo transmitiendo un mensaje que envuelve mi mente un espeso manto de confusión y olvido, que no solo me afecta a mí sino al resto de mis compañeros, pues ahora nadie se atreve a disparar los flammenwerfer contra los trípodes que continúan su avance sin siquiera disparar su temido Rayo Ardiente contra las inermes máquinas de guerra alemanas que encuentran en su camino.

Los Junkers giran y se alejan, abortando espontáneamente la misión, a nadie parece importarle que, a través de la radio, Falkenheyn nos cubra de amenazas e improperios por esta aparente insubordinación contra la autoridad del Alto Mando; por mi parte he comprendido que ningún ejército humano puede oponerse militarmente a los marcianos, su mente es más poderosa que la nuestra, pero la Tierra no sólo está poblada por humanos, y puede que alguna de aquellas criaturas sin mente, quizá las más pequeñas de todas, sean capaces de vencerlos.