Concurso de cuentos retrofuturistas – 4to Puesto – El corazón mecánico – por Patty Noelia Heredia

El corazón mecánico

En la Lima de 1543, por aquel entonces conocida como Ciudad de los Reyes, se instaló la sede de la Real Audiencia por órdenes de la Corona Española.
Por lo que el virrey Andrés Hurtado de Mendoza se encontraba más que ocupado en la organización de los corregimientos y la separación de los territorios; tan ocupado que no recordó que el arribo de su hijo Alejandro estaba pactado para ese mismo día.

Sin embargo Alejandro, era más bien un tipo risueño e idealista que no podía suponer mala intención en las acciones de su padre, así que no tuvo problemas en dirigirse a Palacio sin el mayor aspaviento.
Llevaba consigo un equipaje bastante peculiar.
Su coche iba repleto de cajas de madera debidamente selladas y por el ruido que hacía al avanzar, parecía transportar maquinaria aparatosa.

Al darse el encuentro, ambos se llenaron de dicha y el virrey no hacía más que excusarse por no haberlo recibido con los parabienes que éste merecía. Alejandro lo excuso.
Charlaron amenamente sobre asuntos triviales, se echaron a reír con cada anécdota contada y, de repente, surgió el tema que al Virrey le incomodaba. Aquel proyecto del joven no hacía más que perturbarlo tal y como lo hacían las extrañas palabras que utilizaba para describirlo.

– Todo esto le sonaría a brujería a un inquisidor – le dijo a su hijo muy preocupado.
El virrey conocía muy bien de los casos de injusticia y maldad extrema cometidos en los autos de fe por parte del Santo Oficio y que si éste mandase a llamar a su hijo, nada podría hacer por más Virrey que fuera.

-Es por eso que me encargué de comprar el solar de Don Gustavo. Viviré en las afueras de la ciudad rodeado de huacas y uno que otro indio que dicen por allí merodean.

El virrey enmudeció por unos minutos. Cogió una botella de vino y sirvió dos copas.
Ambos bebieron y la charla continuó hasta el amanecer.
Alejandro logró persuadir a su padre y despidiéndose antes con suma ternura partió hacia su nuevo destino.
Llevaba un esclavo más y un indiecillo como guía. Iba feliz. Algo embriagado pero también lleno de sosiego.

-Amo, ¿usted me dice para qué sirve esto? – Preguntó el mayor de los esclavos al llegar a su futura morada. Un solar abandonado de mediano tamaño con apariencia de haber sido habitado por indios.

El esclavo tenía un porte de príncipe africano. Barbilla ancha y ojos saltones.
Al fin podía ver expuesto ante sus ojos uno de los inventos de Alejandro: un aparatejo de forma rectangular con dos compartimentos en el frente. El primero llevaba un disco unido a una serie de engranajes colocados de tal forma que se extendían hasta el segundo logrando un movimiento secuenciado de piezas que maravillaron al negro de tal forma que este estuvo a punto de tocar una de las piezas.

– No, no lo hagas. La curiosidad mató al gato. ¿Has oído esa expresión? – lo detuvo Alejandro alejándolo de su invento.
– No, amo. Sólo sé que no soy un gato – respondió con temor el esclavo. Respuesta cuya inocencia causó una sonora carcajada a Alejandro. “Es brillante”, pensó. Y lo invitó a sentarse para conversar acerca de aquello que tanta curiosidad causaba en el joven esclavo no sin antes preguntarle su nombre.
– Mi nombre es Alem. No tengo nombre cristiano.
Respondió. Creyendo que Alejandro le daría uno.
Mas éste se opuso y le aclaró que ninguno de ellos recibiría más nombre que aquel que ya poseían.
“Un futuro alumno mío no puede ser obligado a llevar un nombre que no le pertenece”, dijo Alejandro.

– ¿Un alumno? – preguntó con incredulidad Alem.
Mientras sus ojos parecían salirse aún más de la cuenca que habitaban.
La respuesta de Alejandro fue positiva.
– Claro que sí. Pero no te precipites. Primero déjame mostrarte algo – le dijo al esclavo. Mientras se dirigió hacia una de las cajas de madera para mostrarle el más ambicioso de sus proyectos.
Cogió un martillo y fue retirando uno a uno cada uno de los clavos. El esclavo se apresuró a ayudar también y juntos abrieron la caja.
“Es un corazón mecánico” – le dijo a Alem.
Mientras retiraba con absoluto cuidado un artilugio de lo más extraño y aparatoso: Una reproducción en níquel y hierro del corazón humano, con partes que, sin duda, parecían haber sido limadas cuidadosamente y con el más ferviente de los esmeros. La máquina estaba casi completa, sin embargo unas pequeñas válvulas que imitaban en forma a las venas principales parecían carecer del perfeccionamiento de las otras piezas que con el movimiento de su engranaje se asemejaba al tic tac de un reloj.

– Este corazón aún no está listo. El último cerdo al que se lo puse murió de arritmia.
Cada animal que muere después de un experimento es terrible para mí. Te lo digo, Alem. En verdad lo es. Mas todo eso queda atrás cuando me imagino un mundo mejor. Con este corazón mecánico no habrá enfermedades, ni dolores. ¿Te lo imaginas?

El esclavo no se inmutó.
Sonreía contagiado por Alejandro mientras que su corazón se manifestaba con latidos intensos con la fuerza con la que laten los corazones más jóvenes y entusiastas. Estaba impresionado.
En los recuerdos del esclavo se entremezclaban imágenes de dolor. Recuerdos de un África que le daba la espalda a las víctimas de enfermedades cardiovasculares vinieron a su mente. Recordó a todos aquellos enfermos en la intemperie mientras su sonrisa entusiasta se iba convirtiendo en un llanto contenido y el sudor de su frente se confundía con sus lágrimas.

Con un apretón de manos le dijo a Alejandro de forma apasionada “Si usted quiere enseñarme algo de lo que sabe. Hágalo, se lo ruego”.

Y ciertamente él lo hizo.
Prodigó a Alem de la mejor instrucción durante varios años y su habilidad en la ingeniería avanzaba a la par que el corazón mecánico se hacía de perfección y buen funcionamiento.
Alem asombraba cada vez más con su inmensa curiosidad. Era un caso único. Un diamante que se iba puliendo. Mas en el proceso, la mente de Alejandro se fue perturbando por ciertos pensamientos que lo asaltaban.
Con los años sus arranques de violencia fueron continuos, seguidos de un arrepentimiento repentino que lo hacían sentir culpable por su accionar y ocasionaban jaquecas tremendas.

“Vuelvo más tarde. Este lugar me está matando” – dijo Alejandro con voz trémula.
Nadie lo oyó.

Salió con prisa montado en un caballo hacia Los Reyes. Se veía enfermo.
En el camino, se sintió tentado a decir todo aquello que por su cabeza rondaba al primer extraño con el que se topase. Sin embargo no fue hasta su arribo a “la taberna de Don José” donde pudo tener una plática agradable con una ramera mientras unas copas de vino y la noche misma lo estimulaban a llevársela al segundo piso, donde se encontraban los camastros.

– He bebido mucho. Pero aún recuerdo lo que me atormenta – le dijo.
La ramera se acercó a él y le dio un beso en la mejilla. Lo invitó a contarle lo sucedido.
Había en su mirada mucha sabiduría y en sus palabras las más cálidas bienvenidas a la sinceridad y a la confianza.
Es por eso que Alejandro se atrevió a decir unos de sus pensamientos más continuos.

– Odio a mi esclavo. Lo odio. – le dijo Alejandro revelando su amargura, Sintiéndose al fin libre de sus pensamientos más oscuros.

– ¿Eso es todo? Véndelo. Cómprate otro… aunque intuyo en tus palabras que no es tan simple. ¿Es acaso uno muy valioso? – preguntó la ramera.
– Ese esclavo es mucho más valioso que yo. – respondió Alejandro, reflejando resignación y pena en sus palabras.

La ramera se acercó a él y lo abrazó de forma apasionada mientras que él se resistía y trataba de apartar sus manos de él. Ella insistió besándolo en el cuello. Él la empujó hacia la cama con desinterés.

– Véndelo y te harás rico si es que vale más que un blanco – dijo ella.

– Ven aquí – le dijo él. Señalando a su pecho.
La ramera se acercó. Lo acarició tiernamente mientras besaba su cuello. El calor de aquella jovencita de ojos café empezó a agradarle. Correspondió a sus besos y él mismo, en un instante, estaba soltándole el corpiño y quitándole la blusa, dejando expuestos sus pechos a sus besos más intensos.

La cargó, aún tambaleando por los efectos del vino y la tiró a la cama. Esta vez ella rio complacida.
Se acercó a sus pechos y los besó mientras ella acariciaba su cabello y gemía de forma extraña.

– “Tu corazón… late a mil por hora”, le dijo Alejandro con voz ronca.
Se alejó de ella y se sentó al filo de la cama.
La ramera se puso de pie y se acercó a la pared del cuartucho. Se mostraba acalorada. No de la forma habitual con la que el cuerpo de los amantes lo hacen. Sino como se acalora una persona enferma.

– Déjame llevarte a mi casa. Pagaré buen dinero a tu señora por esta noche. Te regresaré en la mañana como a una dama. – le propuso Alejandro.
Ella dudó.
Sin embargo luego de que éste se lavase la cara con agua fría y habiendo ya pasado unas horas de haber bebido, Alejandro parecía el mismo caballero de facciones nobles que atrajeron a la ramera desde un comienzo.
Se arrodilló ante ella y besó su mano. Ella sonrió.

Unos minutos más tarde, él la llevaba a todo galope a su casa. Mientras su corazón se llenaba de satisfacción plena y autorrealización. Le había parecido todo bastante simple. Conseguir a una chica de corazón débil en aquella taberna fue tan fácil que ahora ya podía insertar su corazón mecánico en ella.

– Dormirás aquí conmigo. – le dijo Alejandro a la muchacha.
Ella sólo sonrió mientras se desnudaba por completo para luego envolverse en las sábanas.

Al observar que todo marchaba sin apuros, Alejandro se dirigió al cuarto de experimentos y encontró a Alem dormido sobre una silla.
Extrañamente, junto a él se encontraban dos corazones mecánicos. Ambos tenían sellado el nombre de Alem y parecían estar listos para ser exportados en cajas de madera. Incluso los planos en los que se detallaban los procedimientos para su armado e inserción se presentaban en un formato mucho más comercial y legible.
Aún en su mediana embriaguez, Alejandro pudo comprender que Alem no fue sincero con él. Y que a escondidas suyas comercializaba su invento y lo enviaba a Europa con su firma.

¡Hijo de puta! – le increpó Alejandro despertándolo con un baldazo de agua.
Su rostro se crispaba como el de un gallo y su mirada era inquisidora.

– Amo, ¿qué le pasa? Creí que dormía. – preguntó Alem.

– Siempre crees que duermo. Siempre crees que no te observo. Asumes que puedes ser más listo que yo y cometer esta traición a mis espaldas. ¡No te burlarás más de mí! – gritó Alejandro.

Sus gritos despertaron a los otros esclavos y alertaron a Rosa.
Era aquel hombre quien amorosamente la había invitado quien ahora parecía amenazante.
Se vistió con prisa y sacó un puñal oculto en el bolsillo forro de su corsé. Su corazón arrítmico latía con mucha más prisa que cuando Alejandro la besaba.

Un segundo grito, esta vez el de Alem, la hizo sobresaltarse.
Parecía sentirse débil. Con el corazón a punto de salírsele del pecho.
Respiraba con dificultad y su boca se abrió como una ostra. Se desvaneció mientras que lo último que vería sería la imagen borrosa de Alejandro entrando a la habitación.

-Nunca imaginé que serías tú el primer ser humano en usar este corazón. En realidad puedes tomarlo como un premio o como un castigo. – le dijo Alejandro a Alem mientras éste tenía el pecho expuesto y Alejandro le hacía la primera incisión.
Rosa, a su vez, yacía en la cama de al lado. Dormía profundamente bajo el efecto de un somnífero potente.

Después de algunas horas y ya llegada el alba, aconteció que un grupo de hombres de caminar solemne se enrumbaba al solar de Alejandro. Prestos a descubrir a aquel misterioso inquilino que en ella aguardaba.
El Santo oficio, comandado por el Inquisidor, un hombre de prominente panza y mandíbula, iba alertado por un informante que, habiéndole dado detalles precisos y pruebas concisas acerca de un caso de brujería, lo convenció de arrestar a Alejandro.

– Aquí es donde debe habitar ese hechicero – dijo con profunda amargura el Inquisidor.

Algunos de sus hombres abrieron con violencia las puertas, mas de éstas sólo salieron algunos esclavos asustados y con la cerviz baja mostrando total sumisión a los hombres de Dios.

– ¡Traigan al hereje! – gritó el inquisidor.
Y en seguida sus hombres se desplazaron por el solar.
Hurgaron en cada habitación. Uno de ellos encontró el cadáver de Alejandro en el piso.

– ¡Está muerto, señor! – se oyó desde adentro.

El inquisidor se llenó de dudas y no hacía más que suponer que éste se había dado muerte al intuir que era seguido o, tal vez, pensó, se tratara de un asesinato cometido por alguno de sus seguidores.

– ¡Lleven a estos negros al calabozo! ¡Y este solar quémenlo de inmediato! – ordenó el Inquisidor.
Dio media vuelta y en seguida fue escoltado por su patota…
Iban conversando acerca de la imaginación y la curiosidad que despierta Satán en algunas mentes perturbadas y cómo éstas podían provenir del origen más alto. Sin embargo sus voces se iban perdiendo en medio del árido paraje y era tan sólo el polvo que levantaban sus pasos los que se lograba ver a la distancia…

– Yo no era más que un esclavo hace algunos años.
Tú no eras más que una simple ramera.
Hasta que con los años yo me convertí en un hombre de ciencia y tú en un témpano de hielo que no aceptaba una sola caricia mía.
Esa indiferencia hizo que me fijase un plan. Supongo que mi plan también interfirió en los planes de Alejandro…
Sin embargo hoy él no es más que un cadáver mientras que tú y yo estamos unidos por un corazón que no sólo hará más larga nuestra vida, como él pensaba. Alejandro no tenía idea que mi ambición era mayor.
Yo tuve una visión distinta a la suya.
Me imaginé un corazón mecánico que, al usarlo, prodigue a las personas un amor inacabable y haga que compartan lazos inquebrantables con la persona que aman. Que sean éstos más fuerte que el cobre y el níquel mismo. Me lo imaginé y hoy es una realidad.

Alem le hablaba a Rosa mientras ésta soñaba una y otra vez con el recuerdo de Alem apuñalando a Alejandro en el pecho. “Todo experimento requiere muertes, amo”, aún resonaba en su frágil mente.

Mientras el barco que los llevaría a Europa empezaba al fin a zarpar.

5 opiniones en “Concurso de cuentos retrofuturistas – 4to Puesto – El corazón mecánico – por Patty Noelia Heredia”

    1. Hola Flavio. Soy la autora del cuento “El corazón mecánico” y quiero decirte que tienes razón es un plagio. jajaja. No. Bromeaba. (sí, hago bromas en los momentos menos convenientes).
      Verás, en realidad lo mío es el diseño de modas aunque mi hobby siempre fue escribir poemas y microrrelatos.
      Así que me animé a presentarme en este concurso y cogí la misma temática de la colección de zapatos que presenté el año pasado en mi instituto.
      Era una colección romántica, steampunk y con cierto toque del siglo XVI.
      Para realizar esa colección, manejé un moodboard (que es algo asi como un panel desordenado lleno de ideas visuales).
      Y.. así es. con ese mismo moodboard hice este cuento. Es decir, lo hice con el proceso creativo con el que se lleva a cabo una colección de moda.
      Eso es todo lo que puedo decirte en cuanto a cómo escribí este cuento. No lo hice googleando.
      n.n

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