Concurso de cuentos retrofuturistas – 1er Puesto – Soldados – por Jim Rodríguez

Añoro saborear el humo del tabaco, conducirlo a través de mi cuerpo y deslizarlo al exterior disipándose ante mis ojos, simulando el estallido de la pólvora que inicia la travesía de la muerte hasta culminar en un charco de sangre y olor de carne quemada. Un crudo recuerdo solo para aquellos que han vuelto de la guerra y mantienen la cordura para revivirlo. No estoy impedido de encender uno, pero ya no encuentro el placer de disfrutarlo desde que vengo por ellos.

Hace frío aquí afuera, solo queda esperarlo. Me vio llegar por el muelle, reconociéndome enseguida, por un breve momento vigiló mis pasos y cambió de rumbo. Sabe el motivo de mi presencia, tiene que asumir las consecuencias del acto que cometió, sin duda en ese bar desea vivir sus últimos momentos de vida saboreando un buen trago mientras las chimeneas, sin descanso, delatan el continuo golpeteo de los martillos del progreso.

Fue difícil aceptar cómo algunos soldados no asimilaron su regreso, por más que intentaron reintegrase fueron presos de la locura y la llevaron hasta el extremo de asesinar a inocentes. Hallaron en el sufrimiento ajeno la única vía para seguir bañados en sangre, peleando por una guerra imaginaria, hasta que una bala perfore su cabeza, y así, escaparán de esta realidad, manteniéndose a salvo, porque aquí solo hay el amargo reflejo de lo que ahora somos… máquinas.

Los filtros en mi nariz me dificultan el poder respirar, producen más molestia que la instalada en mi boca. Mis piernas ya están acostumbradas al peso adicional del acero que llevo. Los primeros diseños tenían válvulas que se accionaban con la presión interna, al final, tuvieron una extraordinaria idea, la de recircular el vapor para que saliera por los tubos que envuelven mi columna, de lo contrario hubiese parecido un maldito dragón de las antiguas leyendas. Todos saben lo que nos hicieron, los periódicos ocultaron la crudeza de las múltiples cirugías, a su manera describieron el proceso, aunque en esas hojas escritas no se refleja el dolor de tan macabro experimento. Dejamos de ser hombres y nacimos como monstruos de carne y acero, carbón y vapor, y sobre todo, escuchando en el silencio de nuestros sentidos el movimiento del pistón reemplazando al latido que Dios nos dio.

El pueblo gritando nuestros nombres al llegar, cansados y agonizantes, describía el entusiasmo por recibir a sus héroes. Para toda la nación era admirable que nuestro batallón, conformado por solo cien hombres, ganara la guerra. Sus muestras de ánimo y devoción fueron un agradecimiento por nuestro sacrificio a cambio de su bienestar y la derrota del enemigo burlando las reglas del juego macabro del combate; aunque el gobierno nos salvó, igualmente estamos condenados a muerte. La única forma de ocultar su falso interés por nuestro porvenir fue darnos estos corazones y pulmones mecánicos para reparar el daño provocado por las bombas experimentales que al caer dispersaban un material que era encendido por el mecanismo de detonación, el gas que se originaba de la explosión afectó nuestros órganos internos. “Los hemos salvado” dijeron los embaucadores, quienes ordenaron que nos coloquen los pistones, engranajes, rodajes y la estructura que reemplazaría nuestros órganos dañados. Para fabricar las piezas usaron un carbón recién descubierto que le daba al acero, unas propiedades únicas permitiendo que el cuerpo no lo rechace.

Como éramos pocos, no les preocupó que en algún momento fuera difícil, sino imposible, encontrar más de ese tipo único de carbón. Fuimos un experimento exitoso, ahora somos héroes de la guerra, sobrevivientes, su orgullo; pero cuando quebrantas la ley, dejas de ser como ellos, te conviertes en el enemigo, y rompes su ilusión ganando su desprecio. Te ignoran… te olvidan.

Mis dedos sujetando el arma se congelan mientras mi pecho vibra al compás del movimiento de las piezas mecánicas rodeadas por mis costillas, el calor que produce este revolucionario ingenio no llega hasta mis manos. Es una lástima, al menos funciona bien.

Lo veo salir, es el momento.

Al estar frente a él levanto mi arma y apunto a su cabeza, en sus ojos solo hay resignación. Parpadeo mientras pronuncio las palabras que él espera: “lo siento amigo, ejecuto tu sentencia”, esa frase dispersada por el frío viento que roza nuestros rostros es suficiente para que sonría. Se saca el sobrero dejándolo caer, luego enciende un cigarro. No disparo, quiero darle un momento más de vida; al percatarse que no lo interrumpo esboza una sonrisa, aspira, una y otra vez. Al terminar levanta la cabeza y solo dice una corta frase: “busca al creador y sabrás la verdad”. Una vez en el suelo y ante la mirada atónita de las personas que han salido del bar, envuelvo su cuerpo y lo preparo para partir.

El dirigible es útil, pero peligroso. Aún no perfeccionan las hélices verticales, la última vez destruyeron la torre de control aduanero. Prefiero subirme al barco cuyas gigantes paletas en movimiento siempre me cautivaron, es un día más de viaje, pero qué importa, podrán esperar por el equipo. Al llegar, entrego su cuerpo y firmo los papeles.

Las palabras de mi antiguo compañero de batalla antes de morir, han sido suficientes para provocar mi curiosidad, debo saber a qué se refería. La única forma de saber acerca del creador, que hizo posible que sigamos viviendo, era buscar en la oficina principal el archivo donde debía figurar su última ubicación. Tuve que esperar hasta la noche para ingresar por el sistema de refracción solar, las ventanas que en el día proporcionaban la luz al complejo eran desplazadas por otras al caer el atardecer, permitiendo mantener adecuadamente la temperatura interior. Durante toda la noche escudriñé entre cajones con información confidencial, al fin, pude encontrar los datos que buscaba, además de su nombre, el lugar de su ubicación.

Tras viajar dos horas fuera de la ciudad llego a las villas, donde están las casas de descanso que poseen los altos mandos del gobierno. Después de estacionarme al frente de la casa llego hasta la puerta principal. Nadie responde a mi llamado, camino alrededor y encuentro la puerta trasera abierta. Saco mi arma y recorro todas las habitaciones encontrando en una al creador quien dormía plácidamente. Lo despierto y mira mi rostro, sus ojos quietos y su rostro impasible me confunden, el cañón de mi arma apunta a su cabeza y no hay ninguna respuesta emocional. He visto esa misma expresión antes en aquellos soldados que invadidos por el miedo pierden la esperanza de vivir y esperan con ansias que una bala acabe con su sufrimiento. Ante mis preguntas contesta sin inmutarse:

“El acero que fue usado para fabricar la máquina que llevas dentro de tu pecho es el único que no es rechazado por el cuerpo humano, lo asimila. No hay otro que pueda reemplazarlo, sin embargo, para construir nuevos brazos y piernas mecánicos, se puede usar otro tipo de acero porque estos miembros sustitutos son externos y se acoplan a los músculos mediante inserciones que activan las células desde los mecanismos instalados en el bíceps y en la pantorrilla. Así, no es tomado como un cuerpo extraño y acepta que se acople al hueso.

Tras aparecer una rara enfermedad que se expandió por la ciudad, descubrieron que afectaba al sistema respiratorio de los infectados, los médicos buscaron la forma de salvarlos, y lo único que podría arrebatarlos de los brazos de la muerte era reemplazar los órganos afectados por la misma máquina que les permitía a ustedes seguir viviendo. El nuevo presidente había instaurado una política armamentista que prevalecía a las necesidades del pueblo, mostrando interés por aquello que lo favorecía, manteniéndose impasible ante la muerte de numerosos trabajadores por este nuevo mal que aquejaba a la capital. Solo mostró interés cuando la enfermedad atacó a unos acaudalados socios financieros; decidieron ayudar a todos aquellos que aportaban su dinero y fábricas para financiarlos, solo ellos merecían una oportunidad, por eso ordenaron matarlos a todos ustedes para quitarles sus equipos e insertarlos en esos inescrupulosos, salvándolos. A los pobres, les negaron la oportunidad de seguir viviendo, terminaron sus días en las fábricas cargando el carbón, no pudieron darse el lujo de esperar el fin postrados en una cama. Necesitaban todo el salario que pudiesen conseguir para que su familia sobreviva, ellos ya no importaban.

Cada vez que traías a uno de los tuyos, tomaban su cuerpo y extraían con cuidado la máquina con las mangueras, tubos, filtros y demás piezas; los limpiaban y les hacían su respectivo mantenimiento.

Los hombres rebosantes de dinero esperaban impacientes que les coloquen el equipo. Recuerdo que se retorcieron de asco cuando supieron que eran de soldados, pagaron por diversas expediciones buscando el mismo carbón, deseaban encontrar un yacimiento que tenga lo suficiente para construir equipos nuevos e inmaculados, no lo hallaron, de hacerlo no habría necesidad de matarlos. Se resignaron, ya no les importaba respirar el vapor del carbón con tal de vivir unos minutos más y disfrutar de su fortuna.

Al principio pretendieron matarlos sin dar ninguna explicación, hacerlo implicaría que el pueblo se indigne al pretender quitarles a sus héroes. Se sentían protegidos por ustedes, una acción que no esperan del gobierno pero si de uno como ellos.

Para continuar con sus planes idearon una estrategia, una vil argucia que haría que los héroes sean vistos como demonios, culparlos de crímenes tan horrendos que las personas no cuestionen su desprecio, así podrían ser eliminados sin reclamos. Escogieron primero a aquellos que perdieron la cordura, no osarían contradecir lo que su mente creía era real, pensando ser culpables y torturados por el remordimiento, aceptarían la ejecución. Pero en algún momento alguien se daría cuenta del engaño y por eso estas aquí.

Cuando el ejecutor que contrataron murió a manos del primer soldado de la lista, entonces, supieron que necesitaban enviar a uno que los conozca, que sepa cómo piensan, cómo reaccionan. Te buscaron, tú eras su comandante. Habías mantenido su integridad en combate y cuando te dijeron que si no aceptabas mandarían mercenarios, decidiste mantener su honor. No deseabas que esa escoria sea lo último que vieran, aceptaste darles la oportunidad de ver a un amigo apretar el gatillo, de saber que le importaban a alguien, al hombre que los dirigió y ayudó a ser por un momento inmortales.

Están preparando una invasión al país vecino, en unos meses tendrán un gran ejército dispuesto a morir por su ambición, jóvenes que irán a la guerra para que otros se enriquezcan. Ustedes fueron los que hicieron realidad que aquellos desdichados se enlisten, ustedes fueron su emblema de patriotismo; más vale un héroe vivo y adorado que uno muerto y olvidado.  Ya no me necesitan, me negué a crear armamento más destructivo, pero otros ya las producen para ellos, esta vez no habrá soldados heridos que vuelvan y sean una nueva carga, vendrán en cajas.”   

Termina su relato, su rostro muestra mucha tristeza. Ahora lo sé, me usaron como a él, como a todos. Pronto vendrán por mí, ya no es un acto de honor, es una cacería. Maldigo el engaño al que me sometieron, fui parte de un gobierno que sacrifica a sus héroes y a su pueblo mediante oscuros planes. Sobreviví por un motivo: la oportunidad de pelear una verdadera guerra por aquellos que realmente la merecen. Debo buscar a mis compañeros, mis soldados, mis amigos… mis guerreros.

Mantengo el dedo en el gatillo, sé que el creador desea morir y yo me opongo. Podemos encontrar la forma de reparar el daño, darle un sentido a nuestras vidas. Empezamos a diseñar nuestro plan…  

Encontré al resto de mi batallón y estos meses hemos luchado logrando avanzar lo necesario, siendo solo diecinueve, conseguimos derrotar a los carros artillados que enviaron para vencernos. Aún recuerdo aquellas espirales de fuego que usaron en la guerra, un mecanismo giratorio que tenía numerosas toberas que lanzaba el fuego una vez activado, quemando un gran número de soldados enemigos, ahogando sus gritos en medio de una nube de carbón y carne calcinada. Sentimos otra vez el endiablado olor de la muerte, al menos el ruido de la batalla nos distrae del sonido de nuestras piezas en movimiento. Hemos jurado acabar con aquel que firmó nuestra salvación y luego nuestra sentencia para vender nuestras vidas por poder. Este complejo militar no es tan difícil de vencer, sus sistemas de seguridad mecánicos, ruedas dentadas y proyectiles disparados con ejes rotativos, van mermando nuestra fuerza, a diferencia de nuestra ira, que aumenta cada minuto. El creador logró, tras cada combate, reemplazar nuestros miembros orgánicos por otros mecánicos accionados por un nuevo tipo de carbón procesado y piezas extraídas de los equipos que les quitamos a los acaudalados. La revolución continúa al ritmo del movimiento de nuestros pistones, mientras nuestras armas esperan ser nuevamente accionadas por nuestras manos que terminan en fuertes dedos de acero aceitado.

Es el momento que esperábamos todos, quedamos seis del batallón que volvió de la guerra para ser un símbolo del pueblo, ese mismo pueblo que ahora, armado y hambriento nos sigue dispuesto a luchar con nosotros por la ansiada libertad. Temo que muchos de esos pobres morirán, sus cuerpos orgánicos se destrozan bajo el fuego enemigo. Me levanto y avanzo hacia el último lugar que protege al gobierno corrupto, mis pesadas piernas despedazan los escombros. Ellos miran mi nueva piel, acero tras acero, mi armadura que cubre al soldado como un caballero.

Levanto el brazo sujetando mi arma, es la señal. Todos corren a enfrentar al poder opresor, luchan a nuestro lado, como yo… son soldados.

Concurso de cuentos retrofuturistas – 2do Puesto – La despedida – por Galled Stada

Este episodio me sucedió justo antes de iniciar los viajes en el tiempo con la máquina que había birlado al viejo chiflado, todo gracias al rumor que se había propagado debido a aquella reunión convocada por él hacía ya varias semanas. Era el año 5485 y era mi despedida. Le había informado a mis camaradas que mis días de aventuras habían terminado y me iba fuera (aunque no decía exactamente a dónde) para continuar con proyectos personales.

La reunión era en el cabaret Le Chat Metalliqué. El establecimiento estaba abarrotado, con gente demasiado bebida, un cantante que gritaba groserías y el pianista embriagado durmiendo de lado. Ciertamente no era el lugar más recomendable para ningún caballero decente, pero eso era lo que menos se podría decir de nuestra compañía. Estaba toda la banda: John Fox, no había damisela que se escapara de su sagaz labia y era el piloto de nuestra nave; los hermanos Jonas y Julián Madrid, el primero estafador de primera en juegos de billar y el segundo el más salvaje de los delincuentes que podía alguna vez yo conocido; Jan Jumbo, el más respetado en el mundo del hampa y conocido por sus gustos libidinosos y descarados; y por último Alec Perro Loco Moodlio, dueño del local, de unas maneras de enamorar dignas de libros del siglo pasado, de los guantes para disparar garfios, pistolas de presión y nuestra nave que simulaba ser un simple carruaje tirados por caballos metálicos cubiertos de piel.

Todos los artilugios estaban sobre la mesa, mientras le rendíamos pleitesía al verde jade de la deliciosa absenta y algunos otros sólo bebían cerveza. El humo de las pipas había vuelto denso el aire y la risa y el bullicio evitaba tener cuidado de que alguien nos pudiese identificar. Por otro lado, Alec había sobornado a la policía y esa noche teníamos carta libre para disfrutar de la tertulia. La mesa estaba llena de bailarinas borrachas que escuchaban cada lisonjería que le podíamos decir. Hombres y mujeres vivían una gran algarabía, pero de la cual yo no era partícipe.

Anzhela La Mort de Danseur Illieva estaba a mi lado, pero no reía conmigo. Charlaba con todos y me exhortaba a revelarle mi amor a Grecia La Tornade Thompson, sin que ella pudiese devolverme la atención que yo le estaba dando. De todas las mujeres que conocí ella era la única a la que jamás se me había pasado por la mente asesinar. Pero eso no lo sabía Julián que me observaba de soslayo cada cierto tiempo, luego de limpiarse la espuma de cerveza con la manga y pasar sus dedos por sobre su cuchillo clavado en la mesa. Me acercaba a cada momento a La Mort de Danseur y le decía cosas al oído, pero ella no reaccionaba.

– ¡Vamos a llamar a La Tornade! – gritó Anzhela.

– ¿Qué? – dije – ¿Quién la va a traer?

– Hace un rato mandé a traerla – dijo Alec extendiendo el brazo como un camarero dispuesto a al orden. Acto seguido apareció volando un ave metálica, de esas que Alec tenía por costumbre usar. El ave llevaba un papel en el pico que su dueño recogió y leyó sonriendo hacia mí. – El carruaje llegará en cinco minutos.

– ¡Tendrás que pagar una ronda, Perrito! – gritaron las chicas – ¡Habíamos apostado contigo a que no venía!

Había arribado de la manera más provocativa que había podido conseguir: encajes colorados con detalles negros en su corsé, un sombrerito de plumas y un pequeño velo negro. En cuanto llegó la gente se apartó para darle cabida, mientras avanzaba hacia nosotros ondeando sus largos cabellos negros y contoneándose más de la cuenta. Si tenía que degollar mujer alguna, ella era la indicada de la noche.

Luego de las presentaciones de rigor, el espectáculo con las bailarinas comenzó. Las damas que nos acompañaban estaban de asueto, por lo que no tenían la obligación de subir al escenario, pero todas ellas se lanzaron a la pista llevándonos a formar parte del jolgorio. Aproveché la ocasión y me llevé a La Tornade a una esquina solitaria, por mi cabeza deambulaba la idea de matarla allí mismo, pero en ese momento mis pensamientos también eran ocupados por La Mort de Danseur que en ese momento se reía con Julián. No mataba hombres, pero en su caso podía hacer una excepción.

– ¿Es inminente su partida Mister Copswaft?

– Sabes que me puedes llamar Giles, mi niña – dije yo, mirándola con acecho. Sabía que le gustaba, sólo que aún no me decidía como matarla.

– La última vez que nos vimos dijiste que me llevarías – dijo llevándose un dedo a la boca. Lo recuerdo: fue salvada por un par de mujerzuelas entrometidas.

– Tienes que quedarte hasta el final de la velada, para averiguarlo.

Ella asintió mirándome.

– Entonces te quedarás hasta mañana conmigo.

– ¡Sí! – gritó y me abrazó. Es una falla mía, pero en esos pequeños y efímeros instantes me dejo llevar por la emoción y planifico de manera desordenada todo lo que voy a hacer. La única duda que tenía era acerca de que baratija podía servirme de ella, para luego de degollarla, tener algo que me recuerde su belleza.

Cuando volvimos a nuestra mesa, ya nuestros compañeros de tertulia estaban muy avanzados en tragos. Alec me abrazó y me gritó en la cara:

– ¡Te dije que te la traería! O ¡¿No?!

– Dime, Perro Loco, jamás te había preguntado esto, pero ahora que no creo que volvamos a vernos tengo que saberlo.

– Dilo Giles. Dilo.

– Tú no eres un gran genio inventor, sin embargo en todos los trabajos que hemos realizado, hemos tenido el apoyo de todos tus artilugios mecánicos y no dudas en usar tus juguetes para hacer las cosas más simples, como por ejemplo traer a esta mujer sólo por el hecho de hacerlo.

– Es simple mi querido amigo. Primero, nadie se mete conmigo porque saben que ustedes trabajan para mí, saben que tengo el mejor arsenal y se imaginan que puedo tener mucho más…

– ¿Cómo es que tienes tanto? No puedes haber robado tanto, cuando te conocimos tenías unos pocos artefactos y sé que cada vez sacas nuevos modelos.

– Te voy a contar un secreto. Tengo a un tipo encerrado en mi sótano. Lo encontré casi por casualidad en un pequeño asalto que hice a una casona. Me dijo que era un hombre de ciencia y le creí al ver tantos cachivaches con ruedas, tuercas y tuberías con vapor de agua saliendo por todas partes dentro de su casa. Así que se me ocurrió esto. Secuestrarlo y obligarlo a crear las cosas que se me ocurrieran. Yo ponía el arte y él hacía realidad mis sueños. Luego los fui reuniendo a todos ustedes.

– ¿Pero que pasa si por ventura él crea un aparato para escapar allí y matarte en venganza por tanta tortura? – yo lo haría y sería lentamente. También haría una excepción en Alec, si es que me hiciera eso.

– ¿Por quién me tomas, muchacho? Cada vez que yo no estoy lo encierro en una celda con agua y comida y siempre he estado presente, armado, en cada momento de su trabajo.

– Me parece una sandez y una temeridad. No puedes tener la certeza de que un día te canses y no lo vigiles por un momento. – Alec arrugó la cara y aprobó con los ojos somnolientos.

– Pero… – habló con su aliento a licor, pero ya no tenía ganas de oírlo y proseguí:

– Dices que lo tienes desde antes de conocernos. Es decir que el pobre diablo debe llevar más de un año allí. Quizá dos. Si no es impertinencia ¿Dónde lo tienes?

– ¡Aquí! – dijo Alec cabeceando y riendo sin mirar mi cara – Es el lugar más seguro que existe.

No existía lugar seguro. Al menos de eso era lo que nosotros nos encargábamos. Pero su enunciado me sonó más a un llamado que a la afirmación jactanciosa que acababa de lanzar. Y el tiempo me dio la razón.

Dejé al borracho intentado abrir una botella con los dientes y me acerqué a Anzhela. La saludé y le pregunté si me iba a echar de menos. Ella me respondió una generalidad.

– No tendrás quien te coquetee – le dije.

– No lo necesito, caballero. Además, soy de las mujeres que pueden conseguir lo que sea.

En esos casos sólo queda sonreír. Giré la vista y La Tornade estaba como una mosca en la telaraña del pequeño y libidinoso Jumbo. No me importaba. Las lamparillas aún tenían mucho aceite y la luna iba a estar en el firmamento durante mucho tiempo más. Fui a mear por la puerta trasera. Pero no había terminado de hacer mis asuntos cuando escuché un gran barullo. Sabía de peleas que se daban en este mugriento cabaret, pero sonaba más como si hubieran partido una mesa en dos. Las mujeres comenzaron a gritar espantadas y los balazos se dejaron oír por montón. El rumor era como si alguna extraña fuerza estuviera avanzando poco a poco dentro del local.

Entré corriendo. Por momento me detuve, ya que no tenía arma alguna, pero tuve miedo por La Mort de Danseur y La Tornade. A la primera tenía que siquiera hacerle saber mi amor y a la segunda tenía que degollar. Es difícil conseguir una presa tan entrada la noche. Bueno, una presa en las condiciones que más acostumbro.

Así que entre los gritos de hombres y mujeres, sonidos de carne aplastada y disparos me acerqué despacio escondido detrás de una pared. Era la maquinaria más increíble que alguna vez podía haber visto en mi vida.

Ahora que lo recuerdo, me viene a la mente un elefante africano dentro de una pequeña cabaña. Era una máquina a todas luces, pero se movía como una criatura torpe y sin control. Describirlo sería algo así: tenía la cabeza y el cuerpo como un ferrocarril, con varios tubos por encima expulsando sendas columnas de humo negro que salían por encima del techo derrumbado. Tenía cuatro patas delanteras que eran una mezcla de cilindros de asbesto con ruedas dentadas, mientras que por detrás se sostenía en grandes ruedas de madera gruesa y tallada de forma muy tosca. Las ruedas estaban bañadas en sangre y llevaban colgando jirones de carne o tripas. Y por encima de su cabeza habían múltiples látigos que terminaban en garfios de metal, estos látigos eran tan largos que eran lanzados continuamente (impulsados por algún mecanismo que expulsaba vapor en el proceso) y luego eran recogidos por otro mecanismo que jalaba (mediante una larga correa de cuero) un pequeño gancho que liberaba el garfio.

El humo del armatoste inundaba todo el Le Chat Metalliqué y no pude ver si entre los muertos estaban Anzhela o La Tornade. Era lamentable, perder amor y un trofeo más, una deliciosa víctima de mi cuchillo, y su collar como el recuerdo para mis noches solitarias. Casi grito de amargura por aquella belleza arrebatada de mis manos, como agua escurriéndose de mi palma. Pero mientras me detuve a pensar, no me percaté que yo era uno de los últimos sobrevivientes de la masacre, por no decir el único que podía ver. Y enfrente de mí, a cinco metros de distancia estaba el monstruo mirándome, si es que una creación tan horrenda puede mirar sin ojos.

Giré rápidamente y salté hacia la puerta trasera, mientras el aparato destruía todo a su paso. Salí del cabaret y salté sobre los charcos que estaban detrás del local. No bien había salido, cuando un estruendo me sobresaltó, haciéndome voltear hacia mis espaldas. La máquina había atravesado la pared y parecía buscarme. Esquivé varios de los latigazos sin saber qué hacer y corrí hacía la calle más cercana. No miré hacia atrás y me encontraba un poco mareado y desorientado, así que la nave con los caballos metálicos del Perro Loco me tomaron por sorpresa.

– ¡Sube si aprecias tu vida! – me dijo.

Salté hacia el carruaje en marcha y partimos. En el trayecto vimos como varias escuadras de la policía se dirigían al lugar.

– Lo he perdido Giles – lloraba Alec – lo he perdido. Todo se ha quedado allí. Lo único que he podido rescatar es esto y, bueno, a esta bella criatura.

La Tornadeestaba allí, en el asiento del copiloto. Me relajé tumbándome en el sillón de cuero, mientras escuchaba los lamentos del pobre diablo y pensaba cómo hacer para deshacerme de él.

– Disculpa que te lo diga Giles – sollozaba el Perro Loco – pero sólo te he salvado de aquel bestia. ¿Ahora dónde te voy a dejar?

– Alec, ya hemos salido del pueblo. Si me dejas aquí en el camino, estaré a merced de cualquier desgracia. ¿A dónde vas a llevar a Grecia?

– Llévame a la posada Ruiseñor, por favor Perrito. – dijo ella aprovechándose de su coquetería.

– Ya, entonces llévame a mí también allí – dije yo sonriendo de oreja a oreja, pero nadie lo notó debido a la oscuridad total dentro de la nave.

Alec no contestó. Calló durante todo el camino y jamás vimos la posada. Llegamos al frente de unas casonas viejas y malolientes.

– Esta es otra casa que tengo – dijo – Yo me quedo aquí y Grecia también.

– ¿Me vas a botar como si fuera un perro sarnoso?

– Tienes que irte Giles, yo tengo que dormir y Grecia también.

Lo dijo pero no hizo nada más. Sabía que yo era más hábil que él en una pelea cuerpo a cuerpo ya que ambos estábamos desarmados. Sólo podía esperar mi buena voluntad.

– Entonces nos quedaremos hasta el amanecer. No puedo salir de esta manera.

Ubicado en el asiento de atrás comencé a juguetear con La Tornade. Cuando comenzaba a pensar en la idea de matarlos a los dos con mis propias manos, Alec sentenció:

– Acabo de mandar un pájaro. O te vas o vendrán a sacarte.

Me rei. Conocía a ese viejo mentecato tanto como para saber que era una farsa. Así que seguía en la trifulca entre mis manos y el cuerpo de Grecia; y ella había apostado a favor de mis manos. Así pasaron las horas.

A la tercera cabeceada de Alec me decidí. Desaté un cordón de mis zapatos y…

Se abrió la puerta y me sacaron a empellones. Era Jumbo. El pequeño bribón estaba armado y me subió a un carruaje. El Perro no había mentido y yo había terminado perdido en medio de la noche y en medio de la nada. Pero eso ya es otra historia.

– No te creo. ¿Todo eso es verdad? Si es así, me asustas un poquito.

– Nah. Siempre se me ocurren historias así luego de hacer el amor. Por cierto ¿siempre lo haces con esos aretes tan bonitos?

Concurso de cuentos retrofuturistas – 2do Puesto – La promesa cumplida – por Liliana Celeste Flores Vega

Caía la tarde en el Puerto de Southampton. El señor Lowell, un anciano veterano de guerra que lucía con orgullo su pierna artificial de madera y engranajes de bronce, contemplaba el mar con un catalejo cuyo juego de lentes de aumento le permitían divisar el barco que había zarpado una hora atrás… a bordo iban su hijo Williams y su esposa Cecilia rumbo a España.

El señor Lowell guardó su catalejo y encendió un puro. Cecilia no le agradaba como esposa para su hijo. Recordó la primera vez que Williams la invitó a tomar el té, de primera impresión no le gustó ésa mujer que se presentó vestida con una falda marrón recogida bajo la cual se veían unos pantalones de cuero y botas largas, un corset y una blusa de encaje que dejaba demasiado a la vista. Era hermosa, su larga cabellera oscura contrastaba con sus ojos verdes y su piel pálida… el ingenuo Williams había quedado prendado de su belleza indómita.

Durante aquella tertulia Williams le contó a su padre como conoció a Cecilia. Williams trabajaba en el Casino que antaño le había pertenecido a la familia, los reveses de la fortuna hicieron que el señor Lowell lo vendiera en un contrato privado al señor Umbert, éste conocedor del prestigio del apellido Lowell no cambió el nombre del establecimiento y permitió que Williams se mantuviera como administrador del mismo además de presentarse algunas noches tocando el piano con lo que ganaba un dinero extra.

Williams le contó a su padre que unas noches atrás, terminado su espectáculo, tomó unos tragos de más e instigado por sus amigos se puso a jugar póker. Le estaba yendo bastante mal frente a un hombre que llevaba un curioso monóculo, había perdido una considerable suma de dinero y obnubilado por la bebida cometió el error de seguir jugando apostando el medallón de oro que llevaba al cuello, único recuerdo que conservaba de su madre fallecida… finalmente perdió y el hombre recogía sus ganancias cuando Cecilia se levantó del rincón desde donde contemplaba a los jugadores, se acercó a la mesa trastabillando aparentemente ebria, fingió tropezarse y en el momento que el hombre intentó evitarle la caída sacó un puñal de su corset y se lo puso al cuello obligándolo a confesar que hizo trampa viendo las cartas de Williams gracias al artilugio que llevaba, un monóculo con un complicado juego de espejos. El hombre entregó las ganancias mal habidas y le permitieron marcharse. Para Williams Cecilia era una heroína pero el señor Lowell, no confiaba en una mujer que frecuentaba los casinos llevando un puñal escondido en su corset.

Cecilia le contó que provenía de una familia que se dedicaba al negocio de los bienes raíces pero desafortunadamente por la mala administración cayeron en la miseria y actualmente se dedicaba a la exportación de perfumes. El señor Lowell reconoció que Cecilia además de hermosa era culta, sin duda había recibido una excelente educación, tal vez no mentía sobre sus orígenes… también era intrépida, astuta y decidida… ése era el problema, a leguas se veía que su negocio era el encubrimiento de actividades ilícitas. Esperó no volver a verla pero lamentablemente Williams se enamoró de ella. Una noche durante la cena aprovechó que Williams se ausentó un momento de la mesa para decirle a Cecilia que el Casino no les pertenecía y que Williams sólo trabajaba allí… esperaba que hecha ésa aclaración la cazafortunas emprendiera la retirada pero tres semanas después Williams le anunció su compromiso con ella y posteriormente se casaron.

Empezó a llover, el señor Lowell ajustó su levita gris y emprendió el camino de regreso a su casa deseando que Cecilia fuera una buena esposa a pesar de su historial… el amor puede obrar milagros, él lo sabía… se alejó del puerto recordando a Isabella, su finada esposa, ella también había sido una aventurera pero se enmendó cuando se casaron y llegó a convertirse en una respetada dama de sociedad, ni Williams conocía el oscuro pasado de su madre.

 

En el barco que se encontraba en altamar, el capitán organizó una fiesta e invitó a Williams a amenizarla tocando el piano, él aceptó a pesar que Cecilia le dijo que se quedaría en el camarote porque le dolía la cabeza. Williams tocaba el Claro de Luna de Beethoven mientras los pasajeros cenaban cuando una serie de explosiones en cubierta estremeció a todos. Seis hombres entraron armados con pistolas modificadas capaces de disparar varias balas al mismo tiempo, de inmediato se hicieron dueños del barco. Un hombre sujetó a Williams quien angustiado sólo pensaba en Cecilia que había quedado en el camarote… entonces la puerta volvió a abrirse y ella entró con un hombre alto y fornido de cabello ceniciento y ojos negros con una cicatriz que le partía el labio inferior hasta el mentón, éste llevaba maniatado al capitán. Williams reconoció al hombre que le había jugado sucio en el Casino aunque no llevara su extraño monóculo. Cecilia calmó a los asustados pasajeros diciéndoles que sólo les interesaba el barco y los liberarían en los botes salvavidas, luego se acercó a Williams.

– ¿Cómo pudiste hacer esto? – le espetó Williams, la rabia y el desconcierto rutilaban en sus ojos azules – ¿Desde un principio estabas confabulada con éste despreciable hombre?

El hombre aludido le arrancó el medallón de oro con tanta violencia que le cortó el cuello con la fricción de la cadena.

– ¡Rupert, no es necesario que seas tan brusco! – exclamó Cecilia.

– Supongo que éste hombre es tu amante – le reclamó Williams a Cecilia – ¡Me has traicionado y te has burlado del amor que te profeso!

– Todo lo contrario, petimetre de salón – dijo Rupert con desprecio, detestaba a Williams porque deseaba a Cecilia y estaba seguro que de no haberlo conocido ella hubiera terminado aceptando sus cortejos – Cecilia estuvo a punto de traicionarnos a nosotros porque se enamoró de ti… pero encontramos la manera de conseguir lo que queremos y quedemos todos felices.

Entre los pasajeros se encontraba un canciller y su esposa quienes fueron tomados como rehenes, Rupert le dijo al capitán que si él y la tripulación obedecían sus órdenes no derramarían sangre. Luego ordenó a sus hombres que se ocuparan de los pasajeros poniéndolos con sus pertenencias en los botes salvavidas a primera hora de la mañana cuando divisaran un barco que pudiera recogerlos. Después se dirigió a un camarote con Cecilia y Williams.

– Mi amor, permíteme que te lo explique – le dijo Cecilia a su desconcertado esposo – hace muchos años atrás mi madre y su amiga robaron las arcas de un monasterio en Galicia y encontraron las pistas que las llevaría a un tesoro que unos piratas le arrebataron a un barco que se dirigía a España procedente de Las Indias y enterraron en una de las islas Shetland. Buscaron socios que quisieran participar de la aventura pero su amiga conoció a un caballero extranjero y se casó con él llevándose las pistas de la ubicación de la isla. Mi madre esperó que su amiga se contactara con ella, meses después recibió una carta en la que su amiga le informaba que estaba esperando un bebé y había decidido dejar su vida aventurera para formar una familia respetable, mi madre respetó su decisión. Mi madre conoció a mi padre y juntos iniciaron un rentable negocio de tráfico de psicotrópicos usando como fachada la exportación de perfumes. Lamentablemente hace cinco años mi padre fue capturado y condenado a veinte años de prisión, mi madre y yo pudimos huir con la ayuda de Rupert y llegamos a Inglaterra a bordo de un barco mercante, ni siquiera en ésa situación desesperada mi madre buscó a su antigua amiga, nos la arreglamos para continuar con el negocio aunque no obtuvimos las mismas ganancias. Hace dos años mi madre falleció y leí en su diario la historia del fabuloso tesoro enterrado. Rupert y yo acordamos dividirnos el tesoro, él rastreó el paradero actual de la amiga de mi madre para exigirle que le entregara aquellas pistas pero ella había fallecido.

– Sigo sin entender – dijo Williams.

– La amiga de mi madre era Isabella, tu madre – respondió Cecilia removiéndole el piso a Williams quien desconocía el azaroso pasado de su progenitora – las coordenadas de la ubicación exacta de la isla se encuentran grabadas en el interior del medallón que conservabas como recuerdo. Rupert y yo llevamos un año siguiendo a tu padre buscando la manera de recuperarlo.

– ¡Entonces lo único que querías de mi era ése medallón! – exclamó Williams.

– Si que eres tonto – masculló Rupert – recordarás que pude quedármelo la vez que jugamos póker pero Cecilia se entrometió, ella ha tenido muchas oportunidades de sustraértelo pero se empecinó en que como hijo de Isabella te correspondía una parte del tesoro.

– Perdóname por no contártelo antes – dijo Cecilia – sabía que tu honestidad no te permitiría participar en ésta aventura a menos que te vieras forzado. Pude robarte el medallón y marcharme con Rupert para buscar el tesoro pero te amo y no quería abandonarte. Necesitábamos un barco, ahora lo tenemos y estás involucrado, planeamos empezar una nueva vida en América… pero si te he decepcionado y ya no me amas puedes marcharte mañana con los pasajeros.

– Entonces mis opciones son abordar un bote salvavidas y no volver a verte o unirme a vuestra búsqueda del tesoro y empezar una vida juntos en tierras lejanas – dijo Williams, Cecilia asintió – no necesito pensarlo, te amo y no podría vivir sin ti. Me uno a la expedición pero prométanme que luego de encontrar el tesoro liberarán a los rehenes.

– Cecilia tampoco aprobaría una carnicería innecesaria – dijo Rupert – tienes mi palabra que los liberaremos sanos y salvos. Necesitamos al capitán y su tripulación para maniobrar el barco hasta las islas Shetland, haremos una parada en las islas Feroe por provisiones, viajaremos hasta Islandia… allí los dejaremos, cambiaremos de barco, contrataremos marineros y seguiremos hasta Terranova donde si lo desean nos separaremos y podrán continuar vuestro viaje al sur.

Rupert salió del camarote llevándose el medallón. Williams tomó a Cecilia entre sus brazos y la besó apasionadamente. Seguramente no volvería a ver a su padre pero no podía abandonar a su adorable aventurera… además no le disgustaba del todo la arriesgada empresa, después de todo la sangre de la audaz Isabella corría por sus venas.

 

Rayando el alba divisaron en lontananza un barco mercante, liberaron a los pasajeros a bordo de los botes salvavidas y navegaron rumbo a las islas Shetland. Rupert ordenó a sus hombres que pintaran la proa del barco y le cambiaran el nombre.

Tras varios días de apacible navegación, que Cecilia y Williams disfrutaron como luna de miel, llegaron a las islas Shetland. La señalada era una pequeña isla habitada por unos pescadores, los hombres de Rupert los amedrentaron fácilmente con sus armas. Cecilia conservaba el pergamino que indicaba como sortear las trampas colocadas en la cueva que albergaba el tesoro, su madre se quedó con él mientras Isabella conservó el medallón con la promesa que algún día buscarían el tesoro… promesa que ahora cumplían los hijos de aquellas audaces mujeres que tenían un lugar ganado entre las grandes embaucadoras de las tierras españolas.

La entrada de la cueva estaba protegida por una gran piedra que removieron con facilidad gracias a las indicaciones del pergamino que explicaba como manipular el artilugio de pesas y engranajes que se activaba con una palanca oculta. El tesoro consistía en una considerable cantidad de barras de oro que se apresuraron a transportar al barco, acomodaron el valioso cargamento en la bodega y partieron. En altamar celebraron en la cubierta abriendo un tonel de vino que bebieron contemplando las luces norteñas.

Hicieron una parada en las islas Feroe donde el telégrafo llevó la noticia que días atrás un barco mercante rescató de las aguas del Mar del Norte a los pasajeros de un crucero tomado por piratas y la armada naval inglesa estaba buscándolos. Consiguieron provisiones, evaluaron la situación y decidieron dirigirse a Noruega… Cecilia y Williams desembarcarían en Trondheim, Rupert y sus hombres se arriesgarían continuando la travesía hasta Terranova. Se hicieron a la mar pero los problemas surgieron al momento de dividir el tesoro.

– Williams también tiene derecho al tesoro, lo dividiremos en tres partes – dijo Cecilia.

– ¡Eso es una burla! – rugió Rupert dando un puñetazo sobre la mesa – acordamos dividirlo mitad y mitad, el mequetrefe no se ha ganado una parte.

– Acordamos dividirlo en partes iguales – dijo Cecilia – el medallón le pertenecía a Williams.

– Y yo lo tenía en mis manos cuando se te ocurrió entrometerte – respondió Rupert – reclamo la mitad, comparte tu mitad con él.

Rupert abandonó el camarote y subió a cubierta. Había entrado al servicio del padre de Cecilia cuando ella tenía dieciséis años, era uno de sus mejores sicarios, no pudo evitar que su jefe fuera capturado pero puso a salvo a su esposa e hija… y ésa muchacha malcriada pagaba su devoción enamorándose del inglesito afeminado.

Mientras tanto Williams, quien permaneció callado durante la discusión, convenció a Cecilia que Rupert se merecía la mitad del tesoro porque los dejaría a salvo en Trondheim exponiéndose como carnada a la armada naval inglesa. Cecilia subió a cubierta para hablar con Rupert y lo encontró bebiendo ron.

– Williams me hizo entender que te mereces la mitad del tesoro – dijo Cecilia abrazando a Rupert con gesto reconciliador – haz hecho mucho por mi familia, te quiero y deseo que cuando nos dejes en Trondheim nos despidamos como amigos.

– También te quiero – dijo Rupert sin soltarla – los dejaré a salvo pero antes me cobraré algo que también me merezco.

Rupert besó a Cecilia a la fuerza e iba a ultrajarla cuando Williams lo golpeó con la botella de ron en la nuca… Rupert trastabilló pero era recio, le propinó un puñetazo a Williams haciéndolo caer sentado y lo remató con una brutal patada en el estómago… Cecilia arremetió contra Rupert pero él la tumbó con un empujón.

– ¡No toques a mi esposa! – exclamó Williams.

Rupert lo arrastró obligándolo a inclinarse sobre la baranda.

– Entonces tomarás el lugar de tu esposa – dijo Rupert bajándole los pantalones.

Williams fingió someterse pero cuando Rupert bajó la guardia le clavó un puñal entre las costillas y Cecilia ayudó a arrojarlo sobre la borda. Los hombres de Rupert acudieron por el alboroto, uno de ellos llevaba una pistola y apuntó a Williams exigiéndole a Cecilia que les entregara el tesoro a cambio de la vida de su esposo… pero Cecilia había tenido tiempo de hacerse de un lanzallamas y no vaciló en incinerar al facineroso. Los demás quedaron conformes con dividirse la mitad que le tocaba a Rupert.

Cecilia y Williams desembarcaron en Trondheim con la mitad del tesoro. Lo que sucedió con los cinco hombres de Rupert, el capitán, la tripulación y los rehenes es otra historia.

Concurso de cuentos retrofuturistas – 3er Puesto – Contra los trípodes – por Rubén Mesías Cornejo

  1. La intervención marciana.

En 1916, la penosa guerra de trincheras que se libraba en el Frente Occidental acabó abruptamente, de golpe el ejército franco-británico que llevaba dos años sosteniendo un sangriento pulso contra las tropas alemanas desparramadas por toda la esquina noroeste de Francia, fueron completamente aniquiladas, y no precisamente por obra de alguna gigantesca batalla de desgaste como la librada en Verdún.

La causa de la derrota franco-británica procedía de algo que ninguno de los servicios secretos en pugna hubiera podido averiguar, pues investigaciones, es más podría decirse estaba completamente fuera de las variables que cualquier agente habría podido considerar porque normalmente ninguno de ellos miraba al espacio como una fuente de peligros. Así pues aquello que terminó barriendo a las valientes tropas de la Entente procedía del cosmos, en concreto del cuarto planeta del Sistema Solar, un mundo rojo que recibió el nombre del dios romano de la guerra por parte de la ciencia astronómica.

El desastre aliado comenzó de noche, precisamente mientras su artillería estaba machacando una y otra vez las posiciones alemanas situadas más allá de la Tierra de Nadie. Sin duda, aquel ruido atosigante y ensordecedor, marcaba el límite entre el valor y el miedo de aquellos miles de hombres que pronto abandonarían el abrigo de sus trincheras para correr hacia la muerte, encarnada en las balas que las ametralladoras alemanas dispararían contra ellos, ese hubiera sido el destino que les estaba reservado cuando los cilindros marcianos empezaron a caer profusamente del cielo como si fueran grandes bombas arrojadas furtivamente sobre aquella zona aparentemente a salvo, a raíz de esto los artilleros se olvidaron de seguir abasteciendo los cañones con munición, suscitando una vasta pausa de silencio en medio del pandemonio reinante.

¿Sería posible que la aviación alemana estuviera bombardeando la retaguardia por medio de esos gigantescos biplanos bimotores que se habían estrenado operativamente en Rusia y en los Balcanes?

A falta de una idea mejor, los artilleros tomaron esta por buena y reaccionaron de distinta manera ante el hecho consumado, algunos pusieron pies en polvorosa, y otros asumieron una actitud más digna y valiente, echándose un fusil a la cara para abrir fuego contra aquellas cosas que seguían lloviendo del cielo nocturno, y aunque todos esperaban que los cilindros terminaran explotando, esto no pasó; más bien su morro cónico se hundió en el suelo, formando un cráter no demasiado profundo a su alrededor: solo en ese momento todos se dieron cuenta de que esos cilindros no se parecían para nada a las bombas que empleaba la aviación imperial alemana, amén de no tener el color azulado que caracterizada a las mismas, por el contrario los cilindros tenían un color plateado brillante que hacía recordar un poco el que tienen las balas de un revólver, y no faltó quien le hiciera notar esto a los demás , generando la especulación de que esas cosas hubieran sido disparadas por una especie de super cañón camuflado en las inmediaciones.

Espoleados por la curiosidad los soldados se olvidaron de la tensión y se acercaron a uno de los cráteres recién excavados por aquellos cilindros de procedencia desconocida, sus ojos miraban esas cosas con una mezcla de respeto y miedo nacida precisamente de aquel origen ignoto que no acertaban a descifrar pues ya se había difundido la especie de que esos objetos no procedían de ninguna fábrica alemana; entonces alguien percibió que uno de los cilindros parecía temblar, como si algo atrapado en su interior pretendiera abandonar el estrechísimo espacio en el que seguramente se cobijaba, y dio la voz de alerta para que todos estuvieran listos a repeler una posible agresión por parte de lo que estuviera adentro.

En ese instante, la tapa que remataba la parte del cilindro que permanecía expuesta a la curiosidad de los soldados, salió expulsada violentamente hacia atrás, provocando que varios se echaran al suelo para evitar ser impactados; en eso una especie de capucha metálica, de forma triangular, emergió abruptamente hacia el exterior, asombrando a todos con la disposición de sus rasgos faciales; podría decirse que era como la cara de un cíclope sin nariz, cuya boca tenía tentáculos en vez de dientes, sin embargo el asombro no estaba completo, pues a esa “cabeza”, por así decirlo, le faltaban sus extremidades y estas surgieron pronto de su encierro: eran tres patas metálicas, delgadas pero bastante robustas, que cuando se desplegaron por entero hicieron que esa capucha se elevase a una altura realmente prodigiosa desde la cual podía divisar a los soldados que estaban a su alrededor como una horda de minúsculas hormigas que susceptibles de ser pisoteadas si acaso le entraba el antojo de hacerlo.

Y casi al mismo tiempo que ocurría esta especie de apoteosis, otras más estaban ocurriendo por los alrededores confiriendo superioridad numérica a esas extrañas máquinas gigantes que una vez erguidas empezaron a pasearse por toda la retaguardia desparramando un pavoroso rayo de fuego que calcinó a quienes osaron disparar sus fusiles contra ellos, mientras tanto otras máquinas marcianas se dedicaban a perseguir a los que huían despavoridos con el fin de capturarlos y beberse su sangre.

De ese modo se inició la descomposición de las fuerzas franco-británicas, y los trípodes marcianos tuvieron el camino libre para asolar París, mientras los británicos decidían retirar sus fuerzas de Francia para proteger su propio territorio de un posible desembarco marciano, el cual se produjo semanas después de la irrupción alienígena en Francia.

Desde el otro lado del frente, los germanos contemplaron la cruel masacre que los marcianos perpetraron contra sus oponentes con evidente espanto, por un lado sentían que nacía la esperanza de un posible retorno a sus hogares después de haber pasado dos años metidos en aquellas trincheras, aunque lo más factible sería que el Alto Mando considerase que permanecieran ahí para enfrentar la amenaza potencial de aquel enemigo inhumano que sin duda pretendería avanzar hacia el sagrado suelo del Reich.

  1. Alemania se dispone a resistir.

Mi nombre es Kurt y fui abatido por el fuego francés durante la intensa serie de ataques y contrataques que se sucedieron en torno a las fortificaciones de Verdún, afortunadamente un equipo de sonderkommandos recuperó mi cuerpo, junto al de otros camaradas, y así los sabios de mi patria dispusieron de la materia prima para experimentar una tecnología nueva y portentosa que me devolvió la vida. Ahora de nuevo me encuentro en la brega, cierto que no soy el mismo de antes; un brazo protésico y una máscara facial remplazan aquello que perdí durante la batalla, pero al menos estoy satisfecho de seguir vistiendo el uniforme de las Sturmtruppen del Ejército Imperial. Los marcianos han liquidado a los franceses y echado a los tommies fuera del continente, y son como un rodillo imparable que ahora se dirige contra nosotros; pues para ellos no somos ingleses, franceses o alemanes, sino simples criaturas bípedas con un cierto grado de inteligencia a las que tiene que dar caza para proveerse de sangre. La oleada marciana ha barrido con todas nuestras tropas aventuradas en Bélgica y el norte de Francia. Ahora luchamos en Alsacia, e intentamos evitar que estos horribles vampiros mecánicos continúen avanzando hacia el corazón del Reich.

El general Falkenheyn está convencido que las Sturmtruppen conseguirán detener a los gigantescos trípodes marcianos mediante una combinación de las nuevas tecnologías bélicas que se han ido desarrollando durante estos dos años de guerra; por tierra dispondremos de máquinas de guerra fuertemente artillados, los cuales atacaran junto a nuestros nuevos monoplanos metálicos provistos de lanzallamas alojados , a modo de cañones, en el interior de sus alas; algunos tripularemos las máquinas terrestres, y se valdrán de los cañones para quebrantar las articulaciones metálicas que permiten a esas extrañas carlingas avanzar dando grandes zancadas, cual botas de siete suelas , otros (entre quienes me encuentro) tripularemos los Junkers cuyos lanzallamas quemarán las carlingas donde se ocultan estos declarados enemigos de la humanidad.

Los valientes pilotos de los biplanos de reconocimiento se han arriesgado mucho para obtener las fotografías que nos han provisto de esta valiosa información, y algunos perecieron dentro de sus frágiles máquinas, calcinados por la terrible arma conocida como el Rayo Ardiente, cuyo generador se encuentra albergado dentro del “ojo” de la carlinga.

El día del ataque ha llegado, y confiamos en que tendrá éxito pues enfrentaremos nuestras mejores máquinas contra estos monstruosos ingenios extraterrestres, además esta batalla no será como aquellas que libramos contra los franco-ingleses, esta vez no tendremos que cortar alambradas, ni superar ninguna tierra de nadie, para luchar cuerpo contra los acérrimos defensores de una trinchera vencida, pues los marcianos no combaten de ese modo; y hasta el momento no se han enfrentado más que con divisiones de infantería desconcertadas y provistas de fusiles y ametralladoras. Los cañones de campaña se han revelado un poco más eficaces pero los marcianos continúan efectuando sus desembarcos verticales a nuestras espaldas, y los esporádicos triunfos de la artillería no compensan las miles de bajas que hemos sufrido, amén de los prisioneros que nutren su despensa de sangre joven y fresca.

Los marcianos avanzan, son visibles desde la tierra como esos globos cautivos que sirven como puestos de observación para dirigir el tiro de la artillería, con la diferencia de que no permanecen estáticos sino en movimiento. Se decide que las máquinas de guerra encabecen la primera oleada de ataque contra los trípodes en medio de esta comarca desolada por las viejas batallas que antaño la escarnecieron; pero esta vez los marcianos no han marchado solos, les precede una nutrida formación de cerradas de soldados harapientos que visten los uniformes de las naciones que han osado enfrentarse a ellos, se divisan cascos alemanes, franceses, ingleses; los infelices tiene la mirada ida y corren hacia las máquinas de guerra con los fusiles dispuestos para el combate cuerpo a cuerpo, mientras gritan al unísono, como enardecidos con la furia de un solo hombre, al parecer no les infunde miedo el aspecto de las máquinas que tripulan mis camaradas.

Son grandes cajas blindadas que tienen el majestuoso aspecto de una fortaleza erizada de cañones por todas partes como un navío de superficie, en sí hablamos de una plataforma de artillería semoviente que se desplaza sobre grandes orugas que aplastan el suelo.

Los conductores detienen sus máquinas a la espera de órdenes, mientras esa masa ingente continúa aproximándose. Los conductores, preguntan por radio, que hacer, y reciben una respuesta lapidaria de boca del mismo Falkenheyn.

— ¡Continúen! ¡La artillería de campaña se encargará de eliminar el estorbo!—bramó el general a través de las radios instaladas en los carros.

Y estos cañones abrieron fuego causando estragos entre aquellas mesnadas de controlados que avanzaban en formación cerrada contra nuestras máquinas de guerra escoltando los trípodes que avanzaban tras ellos como una legión de titanes cuyas partes metálicas resplandecen, de modo extraño, bajo el sol matutino.

Ahora nuestras máquinas entran en la lid, y los cañones montados en ellos, empiezan a disparar contra los trípodes; pero lo hacen erráticamente como si los artilleros no hubieran calculado bien la trayectoria de tiro de los proyectiles.

La ira de Falkenheyn es tremenda y ordena que los Junkers despeguen. Yo soy el piloto de uno de esos bruñidos monoplanos que ahora encienden sus motores, antes de carretear y elevarse para alcanzar la altura necesaria para disparar potentes chorros de fuego contra el centro nervioso del trípode, vale decir la sede del cerebro marciano.

Volamos en formación abierta, y en cuanto divisamos la hilera de trípodes en marcha, cada uno elige cual atacar y nos dispersamos para poder atacarlos con mayor eficacia. Mi monoplano acelera, y vuela haciendo espirales antes de atacar, ahora divisó la carlinga enemiga, y me figuro una siniestra capucha de verdugo, grande e imponente, como hecha para amedrentarme; mientras tanto su único “ojo” empieza a resplandecer como aprestándose a disparar contra mí, pero no lo hace.

Por un instante aquel destello me ciega, haciéndome perder el control de mi avión, pero todo eso resulta pasajero y vuelvo a tener consciencia de la importancia de la misión.

Ignoro si aquel marciano sabrá lo que es la piedad, o sí la habrá tenido conmigo, pero no le daré tiempo de averiguarlo. Mi avión desciende un poco, y enrumba hacia la “boca” de la carlinga, ahí donde penden los tentáculos de la bestia extraterrestre que conduce el trípode, debo acercarme más para que las llamaradas de los flammenwerfer instalados en los bordes de ataque de mi monoplano puedan quemar aquella maldita carne alienígena.

El “ojo” del marciano resplandece otra vez, es como el guiño de un heliógrafo transmitiendo un mensaje que envuelve mi mente un espeso manto de confusión y olvido, que no solo me afecta a mí sino al resto de mis compañeros, pues ahora nadie se atreve a disparar los flammenwerfer contra los trípodes que continúan su avance sin siquiera disparar su temido Rayo Ardiente contra las inermes máquinas de guerra alemanas que encuentran en su camino.

Los Junkers giran y se alejan, abortando espontáneamente la misión, a nadie parece importarle que, a través de la radio, Falkenheyn nos cubra de amenazas e improperios por esta aparente insubordinación contra la autoridad del Alto Mando; por mi parte he comprendido que ningún ejército humano puede oponerse militarmente a los marcianos, su mente es más poderosa que la nuestra, pero la Tierra no sólo está poblada por humanos, y puede que alguna de aquellas criaturas sin mente, quizá las más pequeñas de todas, sean capaces de vencerlos.

Concurso de cuentos retrofuturistas – 4to Puesto – El corazón mecánico – por Patty Noelia Heredia

El corazón mecánico

En la Lima de 1543, por aquel entonces conocida como Ciudad de los Reyes, se instaló la sede de la Real Audiencia por órdenes de la Corona Española.
Por lo que el virrey Andrés Hurtado de Mendoza se encontraba más que ocupado en la organización de los corregimientos y la separación de los territorios; tan ocupado que no recordó que el arribo de su hijo Alejandro estaba pactado para ese mismo día.

Sin embargo Alejandro, era más bien un tipo risueño e idealista que no podía suponer mala intención en las acciones de su padre, así que no tuvo problemas en dirigirse a Palacio sin el mayor aspaviento.
Llevaba consigo un equipaje bastante peculiar.
Su coche iba repleto de cajas de madera debidamente selladas y por el ruido que hacía al avanzar, parecía transportar maquinaria aparatosa.

Al darse el encuentro, ambos se llenaron de dicha y el virrey no hacía más que excusarse por no haberlo recibido con los parabienes que éste merecía. Alejandro lo excuso.
Charlaron amenamente sobre asuntos triviales, se echaron a reír con cada anécdota contada y, de repente, surgió el tema que al Virrey le incomodaba. Aquel proyecto del joven no hacía más que perturbarlo tal y como lo hacían las extrañas palabras que utilizaba para describirlo.

– Todo esto le sonaría a brujería a un inquisidor – le dijo a su hijo muy preocupado.
El virrey conocía muy bien de los casos de injusticia y maldad extrema cometidos en los autos de fe por parte del Santo Oficio y que si éste mandase a llamar a su hijo, nada podría hacer por más Virrey que fuera.

-Es por eso que me encargué de comprar el solar de Don Gustavo. Viviré en las afueras de la ciudad rodeado de huacas y uno que otro indio que dicen por allí merodean.

El virrey enmudeció por unos minutos. Cogió una botella de vino y sirvió dos copas.
Ambos bebieron y la charla continuó hasta el amanecer.
Alejandro logró persuadir a su padre y despidiéndose antes con suma ternura partió hacia su nuevo destino.
Llevaba un esclavo más y un indiecillo como guía. Iba feliz. Algo embriagado pero también lleno de sosiego.

-Amo, ¿usted me dice para qué sirve esto? – Preguntó el mayor de los esclavos al llegar a su futura morada. Un solar abandonado de mediano tamaño con apariencia de haber sido habitado por indios.

El esclavo tenía un porte de príncipe africano. Barbilla ancha y ojos saltones.
Al fin podía ver expuesto ante sus ojos uno de los inventos de Alejandro: un aparatejo de forma rectangular con dos compartimentos en el frente. El primero llevaba un disco unido a una serie de engranajes colocados de tal forma que se extendían hasta el segundo logrando un movimiento secuenciado de piezas que maravillaron al negro de tal forma que este estuvo a punto de tocar una de las piezas.

– No, no lo hagas. La curiosidad mató al gato. ¿Has oído esa expresión? – lo detuvo Alejandro alejándolo de su invento.
– No, amo. Sólo sé que no soy un gato – respondió con temor el esclavo. Respuesta cuya inocencia causó una sonora carcajada a Alejandro. “Es brillante”, pensó. Y lo invitó a sentarse para conversar acerca de aquello que tanta curiosidad causaba en el joven esclavo no sin antes preguntarle su nombre.
– Mi nombre es Alem. No tengo nombre cristiano.
Respondió. Creyendo que Alejandro le daría uno.
Mas éste se opuso y le aclaró que ninguno de ellos recibiría más nombre que aquel que ya poseían.
“Un futuro alumno mío no puede ser obligado a llevar un nombre que no le pertenece”, dijo Alejandro.

– ¿Un alumno? – preguntó con incredulidad Alem.
Mientras sus ojos parecían salirse aún más de la cuenca que habitaban.
La respuesta de Alejandro fue positiva.
– Claro que sí. Pero no te precipites. Primero déjame mostrarte algo – le dijo al esclavo. Mientras se dirigió hacia una de las cajas de madera para mostrarle el más ambicioso de sus proyectos.
Cogió un martillo y fue retirando uno a uno cada uno de los clavos. El esclavo se apresuró a ayudar también y juntos abrieron la caja.
“Es un corazón mecánico” – le dijo a Alem.
Mientras retiraba con absoluto cuidado un artilugio de lo más extraño y aparatoso: Una reproducción en níquel y hierro del corazón humano, con partes que, sin duda, parecían haber sido limadas cuidadosamente y con el más ferviente de los esmeros. La máquina estaba casi completa, sin embargo unas pequeñas válvulas que imitaban en forma a las venas principales parecían carecer del perfeccionamiento de las otras piezas que con el movimiento de su engranaje se asemejaba al tic tac de un reloj.

– Este corazón aún no está listo. El último cerdo al que se lo puse murió de arritmia.
Cada animal que muere después de un experimento es terrible para mí. Te lo digo, Alem. En verdad lo es. Mas todo eso queda atrás cuando me imagino un mundo mejor. Con este corazón mecánico no habrá enfermedades, ni dolores. ¿Te lo imaginas?

El esclavo no se inmutó.
Sonreía contagiado por Alejandro mientras que su corazón se manifestaba con latidos intensos con la fuerza con la que laten los corazones más jóvenes y entusiastas. Estaba impresionado.
En los recuerdos del esclavo se entremezclaban imágenes de dolor. Recuerdos de un África que le daba la espalda a las víctimas de enfermedades cardiovasculares vinieron a su mente. Recordó a todos aquellos enfermos en la intemperie mientras su sonrisa entusiasta se iba convirtiendo en un llanto contenido y el sudor de su frente se confundía con sus lágrimas.

Con un apretón de manos le dijo a Alejandro de forma apasionada “Si usted quiere enseñarme algo de lo que sabe. Hágalo, se lo ruego”.

Y ciertamente él lo hizo.
Prodigó a Alem de la mejor instrucción durante varios años y su habilidad en la ingeniería avanzaba a la par que el corazón mecánico se hacía de perfección y buen funcionamiento.
Alem asombraba cada vez más con su inmensa curiosidad. Era un caso único. Un diamante que se iba puliendo. Mas en el proceso, la mente de Alejandro se fue perturbando por ciertos pensamientos que lo asaltaban.
Con los años sus arranques de violencia fueron continuos, seguidos de un arrepentimiento repentino que lo hacían sentir culpable por su accionar y ocasionaban jaquecas tremendas.

“Vuelvo más tarde. Este lugar me está matando” – dijo Alejandro con voz trémula.
Nadie lo oyó.

Salió con prisa montado en un caballo hacia Los Reyes. Se veía enfermo.
En el camino, se sintió tentado a decir todo aquello que por su cabeza rondaba al primer extraño con el que se topase. Sin embargo no fue hasta su arribo a “la taberna de Don José” donde pudo tener una plática agradable con una ramera mientras unas copas de vino y la noche misma lo estimulaban a llevársela al segundo piso, donde se encontraban los camastros.

– He bebido mucho. Pero aún recuerdo lo que me atormenta – le dijo.
La ramera se acercó a él y le dio un beso en la mejilla. Lo invitó a contarle lo sucedido.
Había en su mirada mucha sabiduría y en sus palabras las más cálidas bienvenidas a la sinceridad y a la confianza.
Es por eso que Alejandro se atrevió a decir unos de sus pensamientos más continuos.

– Odio a mi esclavo. Lo odio. – le dijo Alejandro revelando su amargura, Sintiéndose al fin libre de sus pensamientos más oscuros.

– ¿Eso es todo? Véndelo. Cómprate otro… aunque intuyo en tus palabras que no es tan simple. ¿Es acaso uno muy valioso? – preguntó la ramera.
– Ese esclavo es mucho más valioso que yo. – respondió Alejandro, reflejando resignación y pena en sus palabras.

La ramera se acercó a él y lo abrazó de forma apasionada mientras que él se resistía y trataba de apartar sus manos de él. Ella insistió besándolo en el cuello. Él la empujó hacia la cama con desinterés.

– Véndelo y te harás rico si es que vale más que un blanco – dijo ella.

– Ven aquí – le dijo él. Señalando a su pecho.
La ramera se acercó. Lo acarició tiernamente mientras besaba su cuello. El calor de aquella jovencita de ojos café empezó a agradarle. Correspondió a sus besos y él mismo, en un instante, estaba soltándole el corpiño y quitándole la blusa, dejando expuestos sus pechos a sus besos más intensos.

La cargó, aún tambaleando por los efectos del vino y la tiró a la cama. Esta vez ella rio complacida.
Se acercó a sus pechos y los besó mientras ella acariciaba su cabello y gemía de forma extraña.

– “Tu corazón… late a mil por hora”, le dijo Alejandro con voz ronca.
Se alejó de ella y se sentó al filo de la cama.
La ramera se puso de pie y se acercó a la pared del cuartucho. Se mostraba acalorada. No de la forma habitual con la que el cuerpo de los amantes lo hacen. Sino como se acalora una persona enferma.

– Déjame llevarte a mi casa. Pagaré buen dinero a tu señora por esta noche. Te regresaré en la mañana como a una dama. – le propuso Alejandro.
Ella dudó.
Sin embargo luego de que éste se lavase la cara con agua fría y habiendo ya pasado unas horas de haber bebido, Alejandro parecía el mismo caballero de facciones nobles que atrajeron a la ramera desde un comienzo.
Se arrodilló ante ella y besó su mano. Ella sonrió.

Unos minutos más tarde, él la llevaba a todo galope a su casa. Mientras su corazón se llenaba de satisfacción plena y autorrealización. Le había parecido todo bastante simple. Conseguir a una chica de corazón débil en aquella taberna fue tan fácil que ahora ya podía insertar su corazón mecánico en ella.

– Dormirás aquí conmigo. – le dijo Alejandro a la muchacha.
Ella sólo sonrió mientras se desnudaba por completo para luego envolverse en las sábanas.

Al observar que todo marchaba sin apuros, Alejandro se dirigió al cuarto de experimentos y encontró a Alem dormido sobre una silla.
Extrañamente, junto a él se encontraban dos corazones mecánicos. Ambos tenían sellado el nombre de Alem y parecían estar listos para ser exportados en cajas de madera. Incluso los planos en los que se detallaban los procedimientos para su armado e inserción se presentaban en un formato mucho más comercial y legible.
Aún en su mediana embriaguez, Alejandro pudo comprender que Alem no fue sincero con él. Y que a escondidas suyas comercializaba su invento y lo enviaba a Europa con su firma.

¡Hijo de puta! – le increpó Alejandro despertándolo con un baldazo de agua.
Su rostro se crispaba como el de un gallo y su mirada era inquisidora.

– Amo, ¿qué le pasa? Creí que dormía. – preguntó Alem.

– Siempre crees que duermo. Siempre crees que no te observo. Asumes que puedes ser más listo que yo y cometer esta traición a mis espaldas. ¡No te burlarás más de mí! – gritó Alejandro.

Sus gritos despertaron a los otros esclavos y alertaron a Rosa.
Era aquel hombre quien amorosamente la había invitado quien ahora parecía amenazante.
Se vistió con prisa y sacó un puñal oculto en el bolsillo forro de su corsé. Su corazón arrítmico latía con mucha más prisa que cuando Alejandro la besaba.

Un segundo grito, esta vez el de Alem, la hizo sobresaltarse.
Parecía sentirse débil. Con el corazón a punto de salírsele del pecho.
Respiraba con dificultad y su boca se abrió como una ostra. Se desvaneció mientras que lo último que vería sería la imagen borrosa de Alejandro entrando a la habitación.

-Nunca imaginé que serías tú el primer ser humano en usar este corazón. En realidad puedes tomarlo como un premio o como un castigo. – le dijo Alejandro a Alem mientras éste tenía el pecho expuesto y Alejandro le hacía la primera incisión.
Rosa, a su vez, yacía en la cama de al lado. Dormía profundamente bajo el efecto de un somnífero potente.

Después de algunas horas y ya llegada el alba, aconteció que un grupo de hombres de caminar solemne se enrumbaba al solar de Alejandro. Prestos a descubrir a aquel misterioso inquilino que en ella aguardaba.
El Santo oficio, comandado por el Inquisidor, un hombre de prominente panza y mandíbula, iba alertado por un informante que, habiéndole dado detalles precisos y pruebas concisas acerca de un caso de brujería, lo convenció de arrestar a Alejandro.

– Aquí es donde debe habitar ese hechicero – dijo con profunda amargura el Inquisidor.

Algunos de sus hombres abrieron con violencia las puertas, mas de éstas sólo salieron algunos esclavos asustados y con la cerviz baja mostrando total sumisión a los hombres de Dios.

– ¡Traigan al hereje! – gritó el inquisidor.
Y en seguida sus hombres se desplazaron por el solar.
Hurgaron en cada habitación. Uno de ellos encontró el cadáver de Alejandro en el piso.

– ¡Está muerto, señor! – se oyó desde adentro.

El inquisidor se llenó de dudas y no hacía más que suponer que éste se había dado muerte al intuir que era seguido o, tal vez, pensó, se tratara de un asesinato cometido por alguno de sus seguidores.

– ¡Lleven a estos negros al calabozo! ¡Y este solar quémenlo de inmediato! – ordenó el Inquisidor.
Dio media vuelta y en seguida fue escoltado por su patota…
Iban conversando acerca de la imaginación y la curiosidad que despierta Satán en algunas mentes perturbadas y cómo éstas podían provenir del origen más alto. Sin embargo sus voces se iban perdiendo en medio del árido paraje y era tan sólo el polvo que levantaban sus pasos los que se lograba ver a la distancia…

– Yo no era más que un esclavo hace algunos años.
Tú no eras más que una simple ramera.
Hasta que con los años yo me convertí en un hombre de ciencia y tú en un témpano de hielo que no aceptaba una sola caricia mía.
Esa indiferencia hizo que me fijase un plan. Supongo que mi plan también interfirió en los planes de Alejandro…
Sin embargo hoy él no es más que un cadáver mientras que tú y yo estamos unidos por un corazón que no sólo hará más larga nuestra vida, como él pensaba. Alejandro no tenía idea que mi ambición era mayor.
Yo tuve una visión distinta a la suya.
Me imaginé un corazón mecánico que, al usarlo, prodigue a las personas un amor inacabable y haga que compartan lazos inquebrantables con la persona que aman. Que sean éstos más fuerte que el cobre y el níquel mismo. Me lo imaginé y hoy es una realidad.

Alem le hablaba a Rosa mientras ésta soñaba una y otra vez con el recuerdo de Alem apuñalando a Alejandro en el pecho. “Todo experimento requiere muertes, amo”, aún resonaba en su frágil mente.

Mientras el barco que los llevaría a Europa empezaba al fin a zarpar.

Concurso de cuentos retrofuturistas Steampunk Perú

Convocatoria:

Steampunk Perú convoca a personas de nacionalidad peruana o residentes en el Perú a su primer concurso de cuentos retrofuturistas.

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Convocatoria:
Steampunk Perú convoca a personas de nacionalidad peruana o residentes en el Perú a su primer concurso de cuentos retrofuturistas.

Participación:

Los retrofuturismos permitidos son Atompunk, Dieselpunk, Decopunk, Steampunk, Steamgoth, Gaslamp fantasy y Clockpunk.

Los trabajos deben tener un mínimo de 2000 y un máximo de 2500 palabras. Los trabajos deben ser originales, inéditos, no deben haberse publicado antes ni durante el concurso en ningún otro medio.

Los trabajos se recibirán hasta el 15 de enero de 2016. Deben ser enviados a steampunkperu@gmail.com

El jurado sera conformado por:

César Santivañez

Daniel Salvo
https://danielsalvo.wordpress.com

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Premios:
$100 (USD) en efectivo.
Hummer Gun creada por el artista steampunk: Doctor Plaga.
Más premios a anunciarse proximamente.

De la propiedad de los trabajos:
Los participantes conservarán la propiedad de los originales de la totalidad de los trabajos.
Los participantes no podrán modificar los trabajos premiados con el fin de presentarlos a otros concursos de historietas, sean o no organizados por Steampunk Perú.

De la propiedad intelectual:
Los participantes conservarán la titularidad exclusiva de los derechos de autor sobre los trabajos presentados al Concurso de cuentos retrofuturistas Steampunk Perú y, asimismo, autorizan a Steampunk Perú, en su calidad de entidad organizadora, para que pueda publicar, editar, reproducir, traducir, comunicar al público, distribuir y poner a disposición, dichos trabajos de forma impresa, por medios electrónicos (como en CD-ROM y en bases de datos, propias o de terceros), y a través de páginas electrónicas, las veces que considere necesarias, de forma exclusiva durante el plazo de dos años contados desde la fecha de la publicación de los resultados del concurso, libre de regalías, a condición de que se mencione el nombre de estos en calidad de autores de las respectivas obras.

Clockwork Raven podcast steampunk

CLOCKWORK RAVEN es un programa de radio online con tematica STEAMPUNK ( genero retrofuturista situado en la epoca victoriana,
que nace de la literatura de ciencia ficcion de Verne y Wells)

Este programa estara dedicado a dar a conocer los diferentes aspectos relacionados a este movimiento artistico – sociocultural en Peru y el mundo, tales como actividades locales de la comunidad, entrevistas, literatura, cine, musica,
cuentos, radionovela.

PUEDES ESCUCHARLO TODOS LOS JUEVES A LAS 00:00 hrs (GMT-5) via http://www.fan-radio.com/

Entrevista a Edwin Quispe Amable

Edwin Quispe Amable ganó hace poco el reto de tema Steampunk del grupo Concept Art Perú. Aquí una breve entrevista concedida a Steampunk Perú y los trabajos con los que obtuvo la victoria.

SPP: ¿A qué te dedicas?

EQ: Me dedico a las artes en general y me especializo en las artes gráficas, desde dibujos, ilustraciones, diseños freelancer, murales, arte conceptual tanto en medios tradicionales como digitales y tengo además un negocio de ventas de figuras de acción.

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Háblanos un poco de tu formación. ¿Desde cuando te interesó el arte ?
EQ: El arte siempre estuvo conmigo pero fue en el 2001 cuando decidí ser artista. Un año antes estudiaba inglés en el ICPNA con mi padre y mi hermana. Fue en la galería de arte de esa institución donde vi por primera vez los trabajos de Gerardo Chávez, era una retrospectiva de toda su obra y quedé impresionado. Desde que la vi, me dije a mi mismo que quería hacer cosas como él, quería ser artista. Ahora con el tiempo se que ser artista es algo muy general, es una palabra muy grande muy cósmica, abarca muchas cosas, y hay que necesitar un mapa y ver dónde nos quedamos o si vamos navegando.

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¿Dónde estudiaste?
EQ: Estudié en diversos lugares: los talleres de la Escuela de Bellas Artes, esos fueron los primeros talleres por donde pasé, luego Toulouse Lautrec, Edith Sachs, el Mali, la Escuela de Arte digital y tal vez uno que otro taller más, pero que ya no recuerdo. Gran parte de mi arte lo fui desarrollando desde el colegio, de manera autodidacta y hasta ahora con el estudio continuo de las figuras precolombinas. Me interesa mucho la cultura antigua de mi país.

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¿Cómo conociste el Steampunk?
EQ: Hay una película emblemática llamada “9”, “Nine”, me llamo mucho la atención y hace mucho tiempo atrás en los detalles que uno observar a través de fotos e ilustraciones que hay en revistas, internet, comics independientes, tal vez más que todo en las fotos que hay de modas, tendencias, series animadas, etc

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¿Cuál fue el proceso creativo usado en estos conceptos para el reto Steampunk?
EQ: No se si se habrán dado cuenta, pero todas las ilustraciones de las Αμαζόνες fueron hechas de manera tradicional a lápiz y papel, posteriormente fueron digitalizadas. Hubieron trabajos que no se pudieron postear debido a las reglas del reto de Concept Art Peru y que por falta de tiempo.  Me inspiré mucho en el trailer del juego que esta por salir de Metal Gear Solid 5 donde aparece uno de los personajes que se llama “Quiet” sumado al soundtrack todo eso me inspiro demasiado. También la serie Zoid y los mechas de animales enormes.

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¿En qué proyectos estas trabajando actualmente?

EQ: Muy interesante pregunta ..ahora estoy trabajando con unos amigos músicos y estamos preparando una propuesta de fusión que unifica el dibujo y la pintura digital con la música y un par de proyecto secretos.

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¿Qué consejo le darias a alguien que recién empieza en el arte conceptual?
EQ: Que no dejen de practicar y perfeccionar tanto la técnica como su velocidad.. sobre todo sean ordenados, tengan horarios y aprovechen el tiempo. No dejen de ser productivos y no solo piensen en el cliente que eso esta muy bien, pero siempre hay un pequeño o mayor tiempo libre para preocuparse en sus propios proyectos personales o grupales no los abandonen. Júntense con otros camaradas e inicien sus procesos de cambio. Sean emprendedores. Pueden abandonar todo pero jamás sus propios sueños. Luchen por hacer lo que les gusta. No es fácil mantener todo eso con el pequeño tiempo que a veces uno tiene, con los trabajos sobre todo, pero no es imposible.

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Gracias Edwin por tu tiempo, y por darnos esta entrevista. Esperamos ver más de tu trabajo y más aun si es Steampunk. ¿Algo más que desees agregar para concluir la entrevista?

EQ: Nada. Agradecerles por la oportunidad esclarecer por primera ves para este medio algunas interrogantes con respecto a mi arte y a mi persona. Espero hacer publicos más trabajos que he hecho con mucho amor a traves de mis distintas webs.

Les dejamos las URL de la web de Edwin y su página de Facebook. ¡Denle “Like”!

http://www.edwinquispeamable.com/
https://www.facebook.com/edwinquispeamablearts

Exposición Steampunk Perú en el Fan Weekend

Expo steampunk Perú

Flyer por Hada Verde

Este domingo 7 de julio estaremos en el Fan Weekend

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Donde presentaremos el corto animado Invention of Love. Y una exposición sobre Steampunk explicando qué es, los conceptos, las manifestaciones artísticas, los eventos y sorpresas que Steampunk Perú traerá en lo que resta del año.

Expositores: Mike H, José Yaya, Fernando Pajares y Hada verde (Crafter en Lune Noir).

Más información en nuestro grupo de Facebook.

 

Steampunk Perú les desea Feliz año!

Algunos puntos del 2012

Este año el grupo de facebook a crecido considerablemente.

La extensión casi interminable del concurso de comics que si bien hemos tenido gran calidad de trabajos, no ha habido la cantidad que esperaba. Como primer concurso hemos aprendido algunas cosas que nos servirán para futuro. La premiación se llevará acabo en Febrero. Felicidades al ganador Fabricio Rivas.

Me alegra ver que hay gente que le está poniendo punche y construyendo sus propias cosas. Crafters somo Marko Kano y Lune Noir. Y otras personas con las que he entablado amistad este 2012.

Espero yo mismo poder trabajar más en mis propias creaciones así como participar de eventos este nuevo año que se viene. Pronto estaremos dando fecha y lugar para la premiación del concurso de comics así como anunciando nuevos proyectos para este año.

Feliz año y a seguir promoviendo el Steampunk peruano.